Khar Asbeel
Poeta fiel al portal
Hay tanto frio.
Horrores nevados
amortajan el horizonte.
Cenizas de soles
queman las pupilas.
Todo es una aberración traslucida
desplegándose en pliegues blasfemos
mientras el ultimo ángel
devora su carne perpetua
sobre alfombras de sangre.
Y Dios, desnudo,
se masturba sobre los huesos de Eva.
El cielo es ferocidad alabea
que nos ciega con su blancura afilada.
Hay un terrible rumor
entre la floresta de cruces:
El lamento de la putrefacción
de un mesías estéril.
¿Cuántos más serán desollados
bajo los astros helados?
El viento de pinta de horrores carmesí
mientras los ojos se rasgan
ante el insoportable flujo
de endurecidas realidades.
La náusea nos llega
desde la vorágine de cruces
y cráneos susurrantes.
Sodomizare al último ángel
sobre eucaristías inconclusas.
Rasgare el velo de las vírgenes
sobre las piedras del altar.
Hare comer su vomito
al sacerdote enloquecido.
Eclipsare una a una las estrellas
con mi canto enfermo.
Perpetuare la verticalidad
de esta demencia gozosa.
Somos herederos del dolor de Caín,
destinados a ocupar el trono de Dios
y vestir su piel infértil.
Hay treinta monedas
en mi mano derecha
y mi rostro desollado
en la izquierda.
Los fantasmas de mis hijas nonatas
gimen de ansia incestuosa.
Pero yo ya me he emasculado
sobre la impiedad de la nieve,
donde el frio es ascua dura
y el aire, entramado de tijeras.
Hoy muero feliz.
Contemplo el cadáver de Dios
y su corte de buitres.
Arrójenme a la negra matriz
que me aguarda desde la cuna.
Tengo sueño.
Horrores nevados
amortajan el horizonte.
Cenizas de soles
queman las pupilas.
Todo es una aberración traslucida
desplegándose en pliegues blasfemos
mientras el ultimo ángel
devora su carne perpetua
sobre alfombras de sangre.
Y Dios, desnudo,
se masturba sobre los huesos de Eva.
El cielo es ferocidad alabea
que nos ciega con su blancura afilada.
Hay un terrible rumor
entre la floresta de cruces:
El lamento de la putrefacción
de un mesías estéril.
¿Cuántos más serán desollados
bajo los astros helados?
El viento de pinta de horrores carmesí
mientras los ojos se rasgan
ante el insoportable flujo
de endurecidas realidades.
La náusea nos llega
desde la vorágine de cruces
y cráneos susurrantes.
Sodomizare al último ángel
sobre eucaristías inconclusas.
Rasgare el velo de las vírgenes
sobre las piedras del altar.
Hare comer su vomito
al sacerdote enloquecido.
Eclipsare una a una las estrellas
con mi canto enfermo.
Perpetuare la verticalidad
de esta demencia gozosa.
Somos herederos del dolor de Caín,
destinados a ocupar el trono de Dios
y vestir su piel infértil.
Hay treinta monedas
en mi mano derecha
y mi rostro desollado
en la izquierda.
Los fantasmas de mis hijas nonatas
gimen de ansia incestuosa.
Pero yo ya me he emasculado
sobre la impiedad de la nieve,
donde el frio es ascua dura
y el aire, entramado de tijeras.
Hoy muero feliz.
Contemplo el cadáver de Dios
y su corte de buitres.
Arrójenme a la negra matriz
que me aguarda desde la cuna.
Tengo sueño.
Última edición: