F. CABALLERO SÁNCHEZ
Poeta recién llegado
¡Ea, nanita, ea!
La niña negrita que vino en patera,
ni llora, ni ríe, ni corre, ni juega.
¡Es tan calladita, pensativa y seria
que parece triste! ¿Qué tendrá la nena?
Sus amigas blancas no saben qué piensa
porque les parece que se aparta de ellas
porque es retraída y se sabe… ¡negra!
¿Acaso es que añora sus lejanas tierras?
Y siendo tan niña ¿no será que sueña?
Su madre la mira, ¡la mira! y… recuerda
aquel frío intenso bajo las estrellas
rugiendo las olas mojadas de niebla
temiendo quebrase la frágil patera
con cada bramido de una mar siniestra.
¿No duermes, lucero? ¡Ea, nanita, ea!
La mece en sus brazos y, entre cantinelas,
repasa la madre angustias y penas:
Al fin, ya no hay miedo de llegar a tierra;
los malos momentos de vida y miseria:
consiguió trabajo que ya es lo que cuenta,
y tienen comida sencilla y modesta.
¡No les hacen falta las cosas superfluas!
Y la triste niña, que vive en la tierra
de las niñas blancas…, (siendo ella negra,
emigrante y pobre), dobló su cabeza
sobre la almohada y soñó despierta.
Y dijo, en su sueño, a su madre, inquieta:
-No me compres nada, ni pan, ni galletas,
ni zapatos nuevos, ni leche siquiera.
Quiero que una carta escribas con letra
muy grande y muy clara, que piensen, al verla,
que una niña blanca (y no niña negra)
escribió esa carta, dichosa y contenta,
a los Reyes Magos que están en la Meca
(los que traen regalos a las niñas buenas)
Dime madrecita, ¿tú crees que soy bella?
Diles lo que quiero pero que se entienda:
ningún caramelo, ni pan con manteca,
no quiero tampoco ni blusita nueva,
ni el arroz con leche, ni arroz con lentejas,
ni quiero más lazos para mis cien trenzas,
no quiero regalos ni quiero sorpresas
sólo quiero madre … ¡sólo una muñeca!
Y brilló en su sueño la luz de una estrella
misteriosa y mágica... Se revuelve inquieta
dormida en la cama. ¡Ea, nanita, ea!
La niña negrita que vino en patera,
ni llora, ni ríe, ni corre, ni juega.
¡Es tan calladita, pensativa y seria
que parece triste! ¿Qué tendrá la nena?
Sus amigas blancas no saben qué piensa
porque les parece que se aparta de ellas
porque es retraída y se sabe… ¡negra!
¿Acaso es que añora sus lejanas tierras?
Y siendo tan niña ¿no será que sueña?
Su madre la mira, ¡la mira! y… recuerda
aquel frío intenso bajo las estrellas
rugiendo las olas mojadas de niebla
temiendo quebrase la frágil patera
con cada bramido de una mar siniestra.
¿No duermes, lucero? ¡Ea, nanita, ea!
La mece en sus brazos y, entre cantinelas,
repasa la madre angustias y penas:
Al fin, ya no hay miedo de llegar a tierra;
los malos momentos de vida y miseria:
consiguió trabajo que ya es lo que cuenta,
y tienen comida sencilla y modesta.
¡No les hacen falta las cosas superfluas!
Y la triste niña, que vive en la tierra
de las niñas blancas…, (siendo ella negra,
emigrante y pobre), dobló su cabeza
sobre la almohada y soñó despierta.
Y dijo, en su sueño, a su madre, inquieta:
-No me compres nada, ni pan, ni galletas,
ni zapatos nuevos, ni leche siquiera.
Quiero que una carta escribas con letra
muy grande y muy clara, que piensen, al verla,
que una niña blanca (y no niña negra)
escribió esa carta, dichosa y contenta,
a los Reyes Magos que están en la Meca
(los que traen regalos a las niñas buenas)
Dime madrecita, ¿tú crees que soy bella?
Diles lo que quiero pero que se entienda:
ningún caramelo, ni pan con manteca,
no quiero tampoco ni blusita nueva,
ni el arroz con leche, ni arroz con lentejas,
ni quiero más lazos para mis cien trenzas,
no quiero regalos ni quiero sorpresas
sólo quiero madre … ¡sólo una muñeca!
Y brilló en su sueño la luz de una estrella
misteriosa y mágica... Se revuelve inquieta
dormida en la cama. ¡Ea, nanita, ea!
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