Floreada musicalidad ténue. De una arcana aurora bestial. Que inunda los corazones de los poetas. Alabastro sumergido en mercurio. Que, evaporado por el fuego de los siete hornillos esotéricos se transforma en el fluido dúctil que mueve todo el cosmos. ¡ Oh ! Música. Eres el Verbo Divino fraguado en las vibraciones de las cuarenta y nueve cuerdas del laúd atlante. Que hace soñar despierto en el opiáceo mundo luminoso de la Lemuria. ¡ Oh ! Música. De tus notas dinámicas una brisa gélida inunda los corazones de los filósofos. Y ríen como niños del séptuple olimpo glorioso. Sus sistemas se hacen añicos. Y sólo queda el meollo. Ese fuego heraclitiano que arde eternamente. Mientras que los planetas de las nueve esferas galácticas provocan la sensación hecatombiana. Que coagula la sangre irrigada hacia los cerebros de los estudiosos del arte magna. ¡Oh! Música. Blanca o negra. Eres la fuente que murmura melodías aptas sólo para litigiosos y desamparados espíritus encarnados; en cuerpos armoniosos y prefigurados en solsticio de eterno verano.