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Musgo

Asklepios

Incinerando envidias
Cuando el musgo se agarra al silencio, su impulso húmedo busca las sombras del agua con las que alimentar tanta soledad admitida, pasiva creación que atrae y rapta nuestra mirada. Con ella nos adaptamos a tus murmullos, atentos a no permanecer contigo demasiado tiempo, pues sobre tu carne podrían amontonarse hielos a los que nunca deseamos conocer y tú, tanto estimas al enredarte con ellos.

Es en tu quietud, en tu permanencia, donde haces más íntimas tus exigencias al confesarse las proporciones del desamparo, tu sensación de lo frágil y la obstinación de tu espanto. En tu permanencia culminan todos los tránsitos, intenciones que perecen al arriesgarse al movimiento y que en ti, se redimen desmayando.

Eres escondite de infinitas anécdotas jamás inventariadas. Eres deseado por la multitud de los mares que jamás dejarán de intentar conocerte, a pesar de tanta ola entristecida que regresa, siempre, sin haberte besado
 
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