scarlata
Poeta veterano en el portal.
Paseé por la casa sintiéndome prisionero de cada pedazo de aire, de cada bocanada de humo, de cada imagen y cada sombra. Los cabellos rosas de Mercedes se columpiaban en el cepillo, sus ojeras marcaban círculos rojizos en la toalla, sus ropas se esparcían por el que había sido hasta entonces, nuestro cuarto y su única fotografía languidecía sonriéndome desde ese otro espacio que nunca me perteneció, que ya nunca me pertenecería.
Después de la llamada, pude por fin desnudarme, tenderme en la cama y fingir un llanto por ella que sólo era mío, que siempre sería a partir de esa noche, un llanto por mí
Todos los Agostos Mercedes teñía sus cabellos de rosa. Una tarde me contó que lo hacía desde pequeña. Era su manera de despedir las lluvias, de saludar una humedad nueva y salada, más agradable y menos duradera.
Luego siguió hablando del mar, del brillo de neón de la espuma, del cambio de las mareas, del encuentro de su cuerpo con cada atardecer.
Sus razones no me convencían. A mí, el más común de los mortales, me resultaba incómodo sentir esas miradas de extrañeza fijas en nosotros, en cada paseo, en cada pequeño asunto compartido con el resto del mundo.
Pero Mercedes parecía no oírme. Se columpiaba en mis brazos y yo cerraba los ojos para enredarme en el olor salado de sus caderas.
Lo que más le gustaba era bajar junto al mar y permanecer horas y horas sentada, sin moverse, dejando que el viento alargase cada segundo.
Algunas noches la soñaba escapando de casas con ventanas enrejadas, la soñaba con camisas de fuerza y batas blancas. Pero luego, totalmente lúcida, se colgaba de mis brazos, se empinaba hasta rozar mis labios, y yo entendía que ser extraordinario significa formar parte de una verdad aislada.
Por las noches, a mi lado, fumaba un cigarrillo tras otro llenando el aire de imágenes plateadas que, según ella, merecían un nombre y un destino. Y sus ojos brillaban entusiasmados.
Al principio, me esforzaba por robarla de ese mundo de humo al que nunca tendría acceso. Pero cuando entendí que sus relatos eran una forma más de amar, fui yo el que la obligué a dibujar sus grotescas historias.
Historias sin final, que se prolongaban mezclándose unas con otras, enlazándose, repitiéndose, recreándose.....
Cada noche, me quedaba dormido arrullado por el sonido de sus creaciones.
Pero ella se entusiasmaba con las visiones nuevas, con el último hallazgo, y sus historias morían en sus labios porque sólo allí eran, de alguna forma, reales.
Alguna vez quise preguntarle qué significaba en su vida de agosto. Nunca me atreví. Tal vez por miedo a conocer la verdad o, quizás, porque en el fondo ya sabía la respuesta.
Nadie hubiera podido darle sentido a mi papel porque yo lo había inventado.
Sus manos eran pequeñas y estaban manchadas de sol. Mercedes se entretenía leyendo, contando, haciendo sumas y restas sobre sus líneas. Me gustaba burlarme de ella.
-Pero tú crees en esas cosas?
Era inútil, no me oía.
Hablaba de rayas que se tuercen a lo largo de los años, de líneas incompletas que se juntan a la hora de la muerte, de grosores especiales que, unas veces, nos avisan, otras nos acusan, y, en la mayoría de las ocasiones, permanecen inmóviles esperando a qué actuemos.
Yo, a solas, solía explorar mis manos con desasosiego esperando encontrar movimientos mágicos pero las líneas se quedaban quietas y, a lo más, reflejaban un amplio interrogante, en forma de nudos ilegibles y trenzas de muñeca.
-No podré vivir sin ti.
Dije una tarde, mientras paseábamos, y lo peor es que al decirla, sentí que aquella frase formaba parte de una dolorosa realidad.
Yo sabía que aquello no podía durar toda la vida, que detrás de esa irrealidad, yo existía y tenía un nombre, un trabajo, unos amigos, una casa, y un mundo en el que construir momentos.
Mercedes jamás hablaba de esas cosas.
Nunca la oí quejarse del frío, del calor, ni siquiera del cansancio o del aburrimiento. Jamás nombró seres reales ni contó historias que tuvieran algo que ver con lo que era para mí la vida.
Se limitaba a divagar, a elaborarlo todo para ofrecérmelo luego como algo distinto y maravilloso, único y recién descubierto.
Me desesperaba estar convencido de que la amaba.
La aventura disparatada del mes de agosto se estaba convirtiendo en un desasosiego imposible de soportar. Los pocos minutos que se alejaba de mí, me sentía triste, vacío, atrapado en una soledad sin nombre que convertía en temor todos mis pensamientos.
-No podré vivir sin ti.
Le repetí y ella sonrió con tristeza.
Mercedes no tenía ningún sentido del pudor. Caminaba desnuda por la casa con la naturalidad propia de quien desconoce el poder del deseo. A veces, me sentía ridículamente pequeño a su lado, pequeño y mezquino, por ocultarle esos vaivenes nocturnos que se contentaban con soñarla temiendo caer en el pecado de la reincidencia.
Un anochecer nos amamos en la arena aún cálida de la playa.
A partir de ese día todo estuvo permitido.
- Dónde irás cuando acaba agosto?
Era la forma de pedirle que se quedara a mi lado, que se entretuviera en mi vida, que se abriera y me ofreciera la certeza del siempre.
- Me gustaría ver el color de tus cabellos en invierno- porque ver sus cabellos significaría estar con ella, saber que nada terminaría después de la magia inmóvil de aquellas horas.
Solo faltan unos días y tengo que saber quién eres, dónde vives, en qué lugar podré encontrarte cuando me canse e sentir que me fui detrás tuyo.
Y Mercedes duerme a mi lado y finge que dormida no es capaz de oírme. Duerme sin sonido, como si ni siquiera respirase.
La zarandeo con violencia hasta que abre los ojos y me mira como si despertar de ese modo formara parte de un sueño. Ha entendido porque, de repente, me pierdo en la humedad de su boca, una boca que disuelve mi pregunta, y me siento erguir como un muñeco que explora sin piedad entrañas ajenas.
Mercedes sabe que en cada trozo de deseo se despide un poco más de mí y me ayuda a entender que el futuro es sólo una forma de dar muerte a los demás.
-En septiembre me iré y viviré sola, como antes.
La miro y está, de nuevo, contando las líneas de su mano, como si la decisión le viniera impuesta por un destino inevitable que se limita a aceptar frente a la dureza de las olas.
Y yo sé que ese momento sólo es el preludio intenso de una noche secreta y sólida.
Espero que Mercedes hable, que se abandone a la inercia de los sonidos, que las fechas dejen de acusarla.
Pero sigue sentada junto a mí, fumando un cigarrillo de esos que saben demasiado a humo, aspirando en cada bocanada un poco más de miedo, temblando, culpando al frío de su torpeza, de su terror mudo.
Por un instante siento que su cuerpo no existe, que me pierdo sólo en la inmensidad lastimosa de la noche.
Pero su nueva imagen está y se ha quedado, lo sé, para siempre.
Siento que nuestro universo siempre fue ficticio, irreal, incompleto y que, ahora, se ha escindido para siempre pero puedo, lo sé, recortar ese fragmento de tiempo y apoderarme del segundo largo, eterno, desesperadamente ambigüo, que me obliga a señalar, en calendarios mentales, el capitulo final de esa historia.
La voz de Mercedes se rompe.
-Yo también volveré a casa en septiembre y viviré solo, como antes.
Y después la amé hasta el cansancio, hasta el hastío, sintiéndome perder en la inutilidad de ese último acto común de amor.
Más tarde, ya en casa, la interrogué con violencia. A dónde irás, quién te espera, dónde vives. Déjame creer que volveré a verte. Dame una esperanza, un motivo válido. Inventa una razón creíble, lo que sea menos dejarme vivir con la incertidumbre...
Como en sueños, Mercedes al fin me habla.
-Si me quedo, después de todo esfuerzos, días largos, confesiones, construcciones temporales, insomnios compartidos, rencores descubiertos...- una mañana cualquiera, te disfrazarás de realidad y comprenderé que no eres lo que quiero. Me iré de todos modo, y, lo que es peor aún, tú no sentirás mi marcha. Un buen día ya no existiremos, nos inventamos... Sólo trato de remediar heridas futuras.
Tres días después vinieron a verme. Me hicieron preguntas. Revolvieron el pequeño apartamento alquilado. Se llevaron su única fotografía la de la sonrisa desde un espacio ajeno-.
Intentaron convencerme de que había sido un accidente pero yo que, a pesar de todo, sabía tan poco de ella, entendí que debía esperar.
Que un agosto cualquiera, en una playa cualquiera, alguien volvería a vivir por mí la pequeña historia de un fracaso junto a una mujer de pelo rosa y manos manchadas por el sol.
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Después de la llamada, pude por fin desnudarme, tenderme en la cama y fingir un llanto por ella que sólo era mío, que siempre sería a partir de esa noche, un llanto por mí
Todos los Agostos Mercedes teñía sus cabellos de rosa. Una tarde me contó que lo hacía desde pequeña. Era su manera de despedir las lluvias, de saludar una humedad nueva y salada, más agradable y menos duradera.
Luego siguió hablando del mar, del brillo de neón de la espuma, del cambio de las mareas, del encuentro de su cuerpo con cada atardecer.
Sus razones no me convencían. A mí, el más común de los mortales, me resultaba incómodo sentir esas miradas de extrañeza fijas en nosotros, en cada paseo, en cada pequeño asunto compartido con el resto del mundo.
Pero Mercedes parecía no oírme. Se columpiaba en mis brazos y yo cerraba los ojos para enredarme en el olor salado de sus caderas.
Lo que más le gustaba era bajar junto al mar y permanecer horas y horas sentada, sin moverse, dejando que el viento alargase cada segundo.
Algunas noches la soñaba escapando de casas con ventanas enrejadas, la soñaba con camisas de fuerza y batas blancas. Pero luego, totalmente lúcida, se colgaba de mis brazos, se empinaba hasta rozar mis labios, y yo entendía que ser extraordinario significa formar parte de una verdad aislada.
Por las noches, a mi lado, fumaba un cigarrillo tras otro llenando el aire de imágenes plateadas que, según ella, merecían un nombre y un destino. Y sus ojos brillaban entusiasmados.
Al principio, me esforzaba por robarla de ese mundo de humo al que nunca tendría acceso. Pero cuando entendí que sus relatos eran una forma más de amar, fui yo el que la obligué a dibujar sus grotescas historias.
Historias sin final, que se prolongaban mezclándose unas con otras, enlazándose, repitiéndose, recreándose.....
Cada noche, me quedaba dormido arrullado por el sonido de sus creaciones.
Pero ella se entusiasmaba con las visiones nuevas, con el último hallazgo, y sus historias morían en sus labios porque sólo allí eran, de alguna forma, reales.
Alguna vez quise preguntarle qué significaba en su vida de agosto. Nunca me atreví. Tal vez por miedo a conocer la verdad o, quizás, porque en el fondo ya sabía la respuesta.
Nadie hubiera podido darle sentido a mi papel porque yo lo había inventado.
Sus manos eran pequeñas y estaban manchadas de sol. Mercedes se entretenía leyendo, contando, haciendo sumas y restas sobre sus líneas. Me gustaba burlarme de ella.
-Pero tú crees en esas cosas?
Era inútil, no me oía.
Hablaba de rayas que se tuercen a lo largo de los años, de líneas incompletas que se juntan a la hora de la muerte, de grosores especiales que, unas veces, nos avisan, otras nos acusan, y, en la mayoría de las ocasiones, permanecen inmóviles esperando a qué actuemos.
Yo, a solas, solía explorar mis manos con desasosiego esperando encontrar movimientos mágicos pero las líneas se quedaban quietas y, a lo más, reflejaban un amplio interrogante, en forma de nudos ilegibles y trenzas de muñeca.
-No podré vivir sin ti.
Dije una tarde, mientras paseábamos, y lo peor es que al decirla, sentí que aquella frase formaba parte de una dolorosa realidad.
Yo sabía que aquello no podía durar toda la vida, que detrás de esa irrealidad, yo existía y tenía un nombre, un trabajo, unos amigos, una casa, y un mundo en el que construir momentos.
Mercedes jamás hablaba de esas cosas.
Nunca la oí quejarse del frío, del calor, ni siquiera del cansancio o del aburrimiento. Jamás nombró seres reales ni contó historias que tuvieran algo que ver con lo que era para mí la vida.
Se limitaba a divagar, a elaborarlo todo para ofrecérmelo luego como algo distinto y maravilloso, único y recién descubierto.
Me desesperaba estar convencido de que la amaba.
La aventura disparatada del mes de agosto se estaba convirtiendo en un desasosiego imposible de soportar. Los pocos minutos que se alejaba de mí, me sentía triste, vacío, atrapado en una soledad sin nombre que convertía en temor todos mis pensamientos.
-No podré vivir sin ti.
Le repetí y ella sonrió con tristeza.
Mercedes no tenía ningún sentido del pudor. Caminaba desnuda por la casa con la naturalidad propia de quien desconoce el poder del deseo. A veces, me sentía ridículamente pequeño a su lado, pequeño y mezquino, por ocultarle esos vaivenes nocturnos que se contentaban con soñarla temiendo caer en el pecado de la reincidencia.
Un anochecer nos amamos en la arena aún cálida de la playa.
A partir de ese día todo estuvo permitido.
- Dónde irás cuando acaba agosto?
Era la forma de pedirle que se quedara a mi lado, que se entretuviera en mi vida, que se abriera y me ofreciera la certeza del siempre.
- Me gustaría ver el color de tus cabellos en invierno- porque ver sus cabellos significaría estar con ella, saber que nada terminaría después de la magia inmóvil de aquellas horas.
Solo faltan unos días y tengo que saber quién eres, dónde vives, en qué lugar podré encontrarte cuando me canse e sentir que me fui detrás tuyo.
Y Mercedes duerme a mi lado y finge que dormida no es capaz de oírme. Duerme sin sonido, como si ni siquiera respirase.
La zarandeo con violencia hasta que abre los ojos y me mira como si despertar de ese modo formara parte de un sueño. Ha entendido porque, de repente, me pierdo en la humedad de su boca, una boca que disuelve mi pregunta, y me siento erguir como un muñeco que explora sin piedad entrañas ajenas.
Mercedes sabe que en cada trozo de deseo se despide un poco más de mí y me ayuda a entender que el futuro es sólo una forma de dar muerte a los demás.
-En septiembre me iré y viviré sola, como antes.
La miro y está, de nuevo, contando las líneas de su mano, como si la decisión le viniera impuesta por un destino inevitable que se limita a aceptar frente a la dureza de las olas.
Y yo sé que ese momento sólo es el preludio intenso de una noche secreta y sólida.
Espero que Mercedes hable, que se abandone a la inercia de los sonidos, que las fechas dejen de acusarla.
Pero sigue sentada junto a mí, fumando un cigarrillo de esos que saben demasiado a humo, aspirando en cada bocanada un poco más de miedo, temblando, culpando al frío de su torpeza, de su terror mudo.
Por un instante siento que su cuerpo no existe, que me pierdo sólo en la inmensidad lastimosa de la noche.
Pero su nueva imagen está y se ha quedado, lo sé, para siempre.
Siento que nuestro universo siempre fue ficticio, irreal, incompleto y que, ahora, se ha escindido para siempre pero puedo, lo sé, recortar ese fragmento de tiempo y apoderarme del segundo largo, eterno, desesperadamente ambigüo, que me obliga a señalar, en calendarios mentales, el capitulo final de esa historia.
La voz de Mercedes se rompe.
-Yo también volveré a casa en septiembre y viviré solo, como antes.
Y después la amé hasta el cansancio, hasta el hastío, sintiéndome perder en la inutilidad de ese último acto común de amor.
Más tarde, ya en casa, la interrogué con violencia. A dónde irás, quién te espera, dónde vives. Déjame creer que volveré a verte. Dame una esperanza, un motivo válido. Inventa una razón creíble, lo que sea menos dejarme vivir con la incertidumbre...
Como en sueños, Mercedes al fin me habla.
-Si me quedo, después de todo esfuerzos, días largos, confesiones, construcciones temporales, insomnios compartidos, rencores descubiertos...- una mañana cualquiera, te disfrazarás de realidad y comprenderé que no eres lo que quiero. Me iré de todos modo, y, lo que es peor aún, tú no sentirás mi marcha. Un buen día ya no existiremos, nos inventamos... Sólo trato de remediar heridas futuras.
Tres días después vinieron a verme. Me hicieron preguntas. Revolvieron el pequeño apartamento alquilado. Se llevaron su única fotografía la de la sonrisa desde un espacio ajeno-.
Intentaron convencerme de que había sido un accidente pero yo que, a pesar de todo, sabía tan poco de ella, entendí que debía esperar.
Que un agosto cualquiera, en una playa cualquiera, alguien volvería a vivir por mí la pequeña historia de un fracaso junto a una mujer de pelo rosa y manos manchadas por el sol.
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