Jcmch
Poeta veterano en el portal.
La aburrida sirvienta, que recoge
las bestias de la casa, me reconoció al llegar.
Al llegar, por supuesto, a la séptima casa de Cáncer.
Abrió los pesados portones de cedro,
y dejó entrar el sereno hirviente de afuera.
Le pregunté su nombre, me respondió: “Inválida”.
No le creí, por lo absurdo de su respuesta.
Mas al ver su rostro descolorido y lavanda,
decidí seguirle la corriente.
Me guió a través del talle fatal de los velones
que iluminaban los pasillos.
El aire de adentro era grisáceo,
con olores diversos en vinagreta.
La mesa estaba servida.
Aparecía en ella, sentada a la cabeza:
La ignorancia.
Era ella la gran dama del lugar.
Y a su cata, los demás comensales.
Mucho después, un salón.
Lo decoraban elefantes con patas de mosquito.
En su medio profundo,
el agua se servia en copas de sábila.
Se bebía, con desesperación,
constituyendo un refrescante toque.
La aburrida sirvienta recogía, con lentitud,
las pálidas y decaídas cortinas de la casa.
El brillo lunar se colaba en el pórtico,
mientras las esclavas filtraban cerveza nauseabunda
a la luz triste de la noche.
Me senté en el sofá, entonces, verde y mohoso.
La aburrida sirvienta me miraba,
cubierta de luz lunar.
Su sombra se proyectaba sobre el piano dormido.
Y allí en el salón oscuro,
el reloj daba música al baile de las arañas.
Las esclavas moribundas y cansadas
molían su cebada a la luz lenta de la luna.
Yo, en mis taciturnas oraciones,
caminaba a través de los sucesivos decorados
de mi imaginación.
La negra soledad de la casa dormía con suavidad.
La aburrida sirvienta, su lenta sombra.
El aire frío y húmedo.
Las escaleras en marea de vino tinto.
Cae la noche más oscura.
Yo, en la casa
moría lentamente,
a la luz tenue de la luna.
las bestias de la casa, me reconoció al llegar.
Al llegar, por supuesto, a la séptima casa de Cáncer.
Abrió los pesados portones de cedro,
y dejó entrar el sereno hirviente de afuera.
Le pregunté su nombre, me respondió: “Inválida”.
No le creí, por lo absurdo de su respuesta.
Mas al ver su rostro descolorido y lavanda,
decidí seguirle la corriente.
Me guió a través del talle fatal de los velones
que iluminaban los pasillos.
El aire de adentro era grisáceo,
con olores diversos en vinagreta.
La mesa estaba servida.
Aparecía en ella, sentada a la cabeza:
La ignorancia.
Era ella la gran dama del lugar.
Y a su cata, los demás comensales.
Mucho después, un salón.
Lo decoraban elefantes con patas de mosquito.
En su medio profundo,
el agua se servia en copas de sábila.
Se bebía, con desesperación,
constituyendo un refrescante toque.
La aburrida sirvienta recogía, con lentitud,
las pálidas y decaídas cortinas de la casa.
El brillo lunar se colaba en el pórtico,
mientras las esclavas filtraban cerveza nauseabunda
a la luz triste de la noche.
Me senté en el sofá, entonces, verde y mohoso.
La aburrida sirvienta me miraba,
cubierta de luz lunar.
Su sombra se proyectaba sobre el piano dormido.
Y allí en el salón oscuro,
el reloj daba música al baile de las arañas.
Las esclavas moribundas y cansadas
molían su cebada a la luz lenta de la luna.
Yo, en mis taciturnas oraciones,
caminaba a través de los sucesivos decorados
de mi imaginación.
La negra soledad de la casa dormía con suavidad.
La aburrida sirvienta, su lenta sombra.
El aire frío y húmedo.
Las escaleras en marea de vino tinto.
Cae la noche más oscura.
Yo, en la casa
moría lentamente,
a la luz tenue de la luna.