Yo fui un niño poco común y como tal tuve un amigo irreal,
la vida lo puso en mi camino y creo que no falló,
casi literalmente del cielo cayó,
algunos me tacharán de loco pero los que me conocen dirán que es normal.
Llegó un día de lluvia, de esos que a mí me gustan,
yo estaba en el living tratando de contar las gotas,
mientras mi madre cosía sus medias rotas;
no sé porqué pero esta es la parte donde todos se asustan.
Porque tengo que decirte que mi amigo era un fantasma;
lo encontré mientras quería despertar a gritos a mi hermana
yo aún no sé como fue que no me asusté, tal vez es por ver el espejo cada mañana
le hice señas y el asustado fue él, casi le da un ataque de asma.
Y así casi sin planearlo le pedí a mi madre que se quedara
aceptó a condición de cuidar que no hiciera desastres
por que como te imaginas no tuve que limpiar sus necesidades;
y así me quedé con él sin saber lo que me esperaba.
Decidí nombrarlo Moño,
aún no sé la razón
sólo fue una ocurrencia de ocasión
aunque ahora que lo pienso es un nombre bastante gazmoño.
Los primeros días de su estancia procedí a enseñarle trucos,
los típicas suertes, ir por una vara que había arrojado,
o robarse dulces que alguien había descuidado
pero nunca aprendió a hacerse el muerto, se le hacía algo absurdo.
Además de divertirme era un poderoso aliado,
niño que me molestaba o que presumía que tenía muchas agallas
mismo niño que en la noche iba Moño a jalarle las patas;
y así, veías mi escuela plagada de niños con cara de asustado. (susto)
Algo que no sabía era que los fantasmas son coleccionistas voraces,
sus colecciones son todo menos normales,
ya que recolectan las cosas más raras y dispares
lo que ocasiona que tengan fama de rapaces.
Coleccionaba mugre de mis oídos y uñas,
los colores de mis lápices y la música de mis discos,
el maullido de mi gato y todas las letras de mis libros;
al principio me hizo gracia y además me ahorré muchas duchas.
Los problemas empezaron cuando se robó el sabor de la comida
a mi padre eso sí que lo sacó sus casillas,
ya que mi padre ama la comida, no encontró consuelo haciéndole cosquillas
en ese momento me dijo que Moño tendría que desaparecer de mi vida.
Fui a soltarlo a una casa abandonada,
había leído que a los fantasmas les agradan esos lugares,
nos despedimos, no lloramos aunque ambos odiamos los finales;
pero todavía hay noches en que Moño me visita y me mira desde la ventana.