Solsticio de primavera
Poeta fiel al portal
Hasta luego puentecito blanco,
te saludo desde el abominable futuro.
Gótica emerge la estructura,
se impone pétrea en mi corazón,
ígnea y autoritaria como el vil metal,
trae heridas pasadas.
El frio me calcina los huesos, pienso,
y apago mi cigarrillo.
Cortes de sinfonía.
El invierno ya llegó,
ronda ferviente entre el rebaño,
pasa desapercibido.
Guían desde la lejanía,
pompas de algodón en el firmamento,
roban parte de mi esencia.
En pueblos lejanos,
en bailes lunáticos,
oliendo pasturas.
Y al escapar de espejismos palpables,
protegiendo alas de buenas nuevas,
se siente una eternidad en este presente,
una realización de la utopía de mi mente.
Amor, vida, muerte,
todos deshechos,
hilvanando retazos dudosos
en viejas carteras.
Una minúscula obsesión,
parte rumbo al sur,
recorre triste mi persona,
se asusta y se aleja.
Caen lágrimas, chapotean en el alma.
Perdón, creo
colisión ensordecedora,
martilla mi mente con sus vocecitas
que no paran de hablar recriminando,
caen como tintineantes gotas hacia la profundidad de la fosa.
Volviendo.
Al frente otro desafio se interpone,
flotan sus presencias en la plaza,
se percibe su mirada clavadas en el alma,
sus respiraciones tortuosas aceleran mis pasos.
Me detengo, epicentro de una legión florida,
y observo el resabio del gigante,
floreciente en el caos.
Llueven pétalos jazmín,
ríen sin censura,
inocentes cantos de amor y ternura.
En contraste se alza cercano el imponente y estático,
listo para cortar lazos conyugales,
y desprenderse desde lo alto hundiendo mi cabeza.
Desorbita e intimida,
y en la distancia se siente el alivio del regreso,
aunque siempre se encuentra aquel ojo omnipotente,
vigilante, penetrando el horizonte.
Como un símbolo sacrificio,
adorando una deidad,
en tiempos sinceros.
Exhausto me recibe inerte el mármol del pórtico,
homogéneo, gris, deshabitado,
como el silencio cuando abruma.
Se desploman escaleras arriba,
sus raíces a mi pies.
Cruzo el umbral,
y estoy por fin solo en mi hogar,
caluroso refugio de una blancura clínica,
intimidad sin recelos,
nunca reprochando,
pasos al costado.
te saludo desde el abominable futuro.
Gótica emerge la estructura,
se impone pétrea en mi corazón,
ígnea y autoritaria como el vil metal,
trae heridas pasadas.
El frio me calcina los huesos, pienso,
y apago mi cigarrillo.
Cortes de sinfonía.
El invierno ya llegó,
ronda ferviente entre el rebaño,
pasa desapercibido.
Guían desde la lejanía,
pompas de algodón en el firmamento,
roban parte de mi esencia.
En pueblos lejanos,
en bailes lunáticos,
oliendo pasturas.
Y al escapar de espejismos palpables,
protegiendo alas de buenas nuevas,
se siente una eternidad en este presente,
una realización de la utopía de mi mente.
Amor, vida, muerte,
todos deshechos,
hilvanando retazos dudosos
en viejas carteras.
Una minúscula obsesión,
parte rumbo al sur,
recorre triste mi persona,
se asusta y se aleja.
Caen lágrimas, chapotean en el alma.
Perdón, creo
colisión ensordecedora,
martilla mi mente con sus vocecitas
que no paran de hablar recriminando,
caen como tintineantes gotas hacia la profundidad de la fosa.
Volviendo.
Al frente otro desafio se interpone,
flotan sus presencias en la plaza,
se percibe su mirada clavadas en el alma,
sus respiraciones tortuosas aceleran mis pasos.
Me detengo, epicentro de una legión florida,
y observo el resabio del gigante,
floreciente en el caos.
Llueven pétalos jazmín,
ríen sin censura,
inocentes cantos de amor y ternura.
En contraste se alza cercano el imponente y estático,
listo para cortar lazos conyugales,
y desprenderse desde lo alto hundiendo mi cabeza.
Desorbita e intimida,
y en la distancia se siente el alivio del regreso,
aunque siempre se encuentra aquel ojo omnipotente,
vigilante, penetrando el horizonte.
Como un símbolo sacrificio,
adorando una deidad,
en tiempos sinceros.
Exhausto me recibe inerte el mármol del pórtico,
homogéneo, gris, deshabitado,
como el silencio cuando abruma.
Se desploman escaleras arriba,
sus raíces a mi pies.
Cruzo el umbral,
y estoy por fin solo en mi hogar,
caluroso refugio de una blancura clínica,
intimidad sin recelos,
nunca reprochando,
pasos al costado.