LOLA PEREZ
Poeta veterano en el portal
Mis tres amores
El hecho de haber nacido, supone que así pueda ocurrir todo lo que sigue a este nacimiento.
Una de las etapas más felices de mi vida fue la existencia de mi abuelita, la mamá de mi mamá. Un ángel caído del cielo, eso fue para mi.
Tenía tan solo tres mesecitos cuando mi mamá supo que iba a tener otro hijo. Yo ya tenía una hermana de cuatro años, y en aquel preciso momento, tuvo que dejar de amamantarme para pasar a los brazos de mi abuela Gabriela, mi segunda mamá. Bueno, yo más bien diría la primera, pues pasé los mejores años de mi niñez junto a ella.
Era fuente de amor y alegría, mujer feliz donde las hubiera, a su vez buena educadora. De ella aprendí comportamientos, civismo, a ser una niña con un alto grado de humanidad. Así era ella, irradiaba felicidad por cada poro de su piel.
Días felices pasábamos juntas, me llevaba a pescar con los reteles, y mientras picaban y no picaban los cangrejos, me contaba cuentos, o me narraba alguna historia de las cosas que pasaban en el pueblo.
Yo me quedaba extasiada escuchando sus narraciones, todas ellas de gran interés para mí, nunca me cansaba, pasábamos largas horas en la ribera del río, era deliciosa su compañía.
Era tan alegre como una campanilla, y no es que la vida le hubiera ofrecido las mejores cosas, en plena posguerra, es que era capaz de transformar lo fatídico en fantástico. Una mujer increíble.
Me encantaba que me peinase las trenzas y que a su vez me las deshiciese para peinar mi pelo. Era una mujer de gran paciencia. Llenaba mi vida y yo la suya, nos compenetrábamos muy bien.
La vida quiso que aún siendo una pequeña adolescente se torciera el sino de mi vida y un día, uno cualquiera, la vida se la llevó, y quedé muy consternada, pero siempre recordando que ella me enseño a ser positiva y a afrontar los torcidos caminos que la vida nos ofrece. Pensando en ella fui capaz de superar las asperezas de los senderos que me tocó recorrer.
En verdad la vida no me sonreía en demasía, pero yo sí era capaz de poder sonreír a la vida, pensando siempre que no era lo mío lo más grave, que casi era una privilegiada. Me quiso tanto...
Pasaron los años, me casé y de esa relación nació mi primera hija. Mi niña me devolvió la felicidad que se me había quedado adormecida en algún lugar del camino, verla crecer, sentir dentro de mí esas palpitaciones de emoción, todo era como un sueño, un feliz y maravillosos sueño que llenaba mis atardeceres.
Antes de los tres añitos llego un muchachote hermoso y robusto, un hermanito ¡Qué contentos estábamos! ¡Cuánta dicha albergaba mi alma! Los dos eran unos niños sanos y fuertes ¿Qué más se le puede pedir a la vida, que más?
Sentía una gran dicha al verlos crecer, sus primeros pasos, sus primeras palabras, todo era paso a paso algo grande que la vida me ofrecía, muy unidos superábamos los avatares de la vida.
Crecieron y la niña ya mujer nos anuncio su boda, parece que todo pasó en un soplo. En unos años me dieron la gran noticia, yo iba a ser abuela... ¿yo iba a ser abuela? cuantos recuerdos hermosos de mi niñez acudieron a mi mente, ahora la abuela iba a ser yo...
Llegó un precioso niño, no puedo explicar los sentimientos que recorrieron mi alma, llena, llena estaba. Un hijo de mi hija. Eso era maravilloso. Un hermoso niño rubio nos transformó la vida. Ahora, de nuevo, había un bebé en la casa. ¡Un bebé, qué gran espectáculo, qué glorioso triunfo! Nada es igualable a un nacimiento, nada.
Con este niño viví días felices, y los sigo viviendo. Ahora es un mozalbete al que estoy muy unida. Es educado y, sobre todo, es persona y lleno de humanidad.
Cómo me hace esto recordar aquellos días de mi niñez. Sentirme abuela es volver pasos, maravillosos pasos, atrás y recordar, recordar, recordar...
A los cuatro años, llegó mi segundo nieto, otro muchachote, éste moreno como el azabache, un trastito que iba a amenizar mi vida con su risa siempre activa, como un brote de primavera, que de nuevo vino a traer alegría a mi vida, una alegría que, quizás por las circunstancias de la vida, se había apagado.
El morenote llegó lleno de vida y salud. Por tanto, era como un remolino que no paraba nada más que para dormir, llenaba mis horas de nueva abuela, porque yo soy nueva cada vez. Y es que se renueva tu vida en cada nacimiento. ¡Qué bellas experiencias!
Pasan los años y van creciendo estos dos nietos. Son tiernos y dulces. Me quieren, les quiero, pasamos grandes ratos juntos, pues por razones del trabajo de sus papás, sobre todo en verano, pasan mucho tiempo junto a mí.
Leemos, jugamos y como yo soy aficionada a la poesía, y escribo, ellos leen mis poemas, les escribo cuentos que leemos por la noche y eso les encanta. A mí también me conmueve sentirles felices. ¿Qué más se puede pedir?
Pienso que la vida hoy me sonríe. Ahora nos devolvemos la papeleta.
Con los años, cinco exactamente, mi hijo me notificó que iba a ser papá, o sea, de nuevo abuela. Y nos llegó la pequeña señorita, morena como su papi, hermosa como un lucero del alba. Es una mezcla de papá y mamá, una preciosidad que me tiene cogidita el alma.
Estoy tan llena... es maravilloso. Cada ser que viene al mundo es una prueba más de lo bella que es la vida, con sus dificultades y sus trabas, con sus caminos a veces llenos de pinchos. Lo importante es saberlos esquivar y vivir los momentos buenos, de tal modo que los espinosos queden atrás.
A esta pequeña, por motivo de trabajo de sus papis, la tengo varias horas al día. Es un gran placer sentir que mi tiempo está ocupado en lo mejor de lo mejor, tratar de educar a mi nieta, al menos como me educaron a mí. Eso si, ella tiene unos papás que la quieren a rabiar.
Ahora tiene dos años y este verano hemos disfrutado en la playa de lo lindo. No para, es otro bichito como su primo el morenazo, son muy similares de carácter y a su vez muy buenos niños.
Días de verdadera felicidad me dan estos peques. Los días en la playa viéndoles correr y jugar todo el día, sin parar, llenos de vida. Esas son de las cosas mejores que me podían pasar.
Terminará el verano y volveremos a las actividades cotidianas, pero cada día, o casi cada día, abrazaré a mis nietos. Eso es muy importante, me dan vida, son…sensaciones de bienestar.
Llegó septiembre y llega la vuelta al colegio. Los mayores, ya llenos de ganas de ver a sus amiguitos, han comenzado muy ilusionados.
Para la peque son nuevas experiencias y, como tales, no lo toma con el mismo agrado. Sus dos añitos aún no le permiten ver las cosas del mismo modo que a sus primitos.
Cada mañana sale de casa más o menos bien y al entrar por la puerta protesta. Pero la experiencia me dice que hacer un poco el cuento viene bien para ver si los papás me llevan a casa. Siempre lo intentan, en su pensamiento está: “es el lugar donde mejor estoy”.
Al no conseguirlo, lo ha de ir aceptando y, poco a poco, cada día, va mejorando y lo pasará mucho mejor. Es muy viva y con una gran personalidad.
Todas estas cosas que hoy vivo me hacen sentir en otro plano de la vida, siento en cada rincón de mí ser que un alma me vela cada instante y me da fuerzas para seguir la lucha de la vida. Una lucha que no siempre es fácil, con ellos el camino es llevadero.
Siento que muy cerca de mí, en los juegos con mis nietos, la tengo presente ¡Qué recuerdos tan bellos! Eso me da fuerza para seguir adelante, para que el día a día sea maravilloso y que cada tropezón que la vida ofrezca, sea para levantarse de nuevo y seguir en la lucha por la felicidad.
Estos tres niños, mis nietos, son en este preciso momento mi felicidad al completo. Son mis tres amores.
Lola Pérez
El hecho de haber nacido, supone que así pueda ocurrir todo lo que sigue a este nacimiento.
Una de las etapas más felices de mi vida fue la existencia de mi abuelita, la mamá de mi mamá. Un ángel caído del cielo, eso fue para mi.
Tenía tan solo tres mesecitos cuando mi mamá supo que iba a tener otro hijo. Yo ya tenía una hermana de cuatro años, y en aquel preciso momento, tuvo que dejar de amamantarme para pasar a los brazos de mi abuela Gabriela, mi segunda mamá. Bueno, yo más bien diría la primera, pues pasé los mejores años de mi niñez junto a ella.
Era fuente de amor y alegría, mujer feliz donde las hubiera, a su vez buena educadora. De ella aprendí comportamientos, civismo, a ser una niña con un alto grado de humanidad. Así era ella, irradiaba felicidad por cada poro de su piel.
Días felices pasábamos juntas, me llevaba a pescar con los reteles, y mientras picaban y no picaban los cangrejos, me contaba cuentos, o me narraba alguna historia de las cosas que pasaban en el pueblo.
Yo me quedaba extasiada escuchando sus narraciones, todas ellas de gran interés para mí, nunca me cansaba, pasábamos largas horas en la ribera del río, era deliciosa su compañía.
Era tan alegre como una campanilla, y no es que la vida le hubiera ofrecido las mejores cosas, en plena posguerra, es que era capaz de transformar lo fatídico en fantástico. Una mujer increíble.
Me encantaba que me peinase las trenzas y que a su vez me las deshiciese para peinar mi pelo. Era una mujer de gran paciencia. Llenaba mi vida y yo la suya, nos compenetrábamos muy bien.
La vida quiso que aún siendo una pequeña adolescente se torciera el sino de mi vida y un día, uno cualquiera, la vida se la llevó, y quedé muy consternada, pero siempre recordando que ella me enseño a ser positiva y a afrontar los torcidos caminos que la vida nos ofrece. Pensando en ella fui capaz de superar las asperezas de los senderos que me tocó recorrer.
En verdad la vida no me sonreía en demasía, pero yo sí era capaz de poder sonreír a la vida, pensando siempre que no era lo mío lo más grave, que casi era una privilegiada. Me quiso tanto...
Pasaron los años, me casé y de esa relación nació mi primera hija. Mi niña me devolvió la felicidad que se me había quedado adormecida en algún lugar del camino, verla crecer, sentir dentro de mí esas palpitaciones de emoción, todo era como un sueño, un feliz y maravillosos sueño que llenaba mis atardeceres.
Antes de los tres añitos llego un muchachote hermoso y robusto, un hermanito ¡Qué contentos estábamos! ¡Cuánta dicha albergaba mi alma! Los dos eran unos niños sanos y fuertes ¿Qué más se le puede pedir a la vida, que más?
Sentía una gran dicha al verlos crecer, sus primeros pasos, sus primeras palabras, todo era paso a paso algo grande que la vida me ofrecía, muy unidos superábamos los avatares de la vida.
Crecieron y la niña ya mujer nos anuncio su boda, parece que todo pasó en un soplo. En unos años me dieron la gran noticia, yo iba a ser abuela... ¿yo iba a ser abuela? cuantos recuerdos hermosos de mi niñez acudieron a mi mente, ahora la abuela iba a ser yo...
Llegó un precioso niño, no puedo explicar los sentimientos que recorrieron mi alma, llena, llena estaba. Un hijo de mi hija. Eso era maravilloso. Un hermoso niño rubio nos transformó la vida. Ahora, de nuevo, había un bebé en la casa. ¡Un bebé, qué gran espectáculo, qué glorioso triunfo! Nada es igualable a un nacimiento, nada.
Con este niño viví días felices, y los sigo viviendo. Ahora es un mozalbete al que estoy muy unida. Es educado y, sobre todo, es persona y lleno de humanidad.
Cómo me hace esto recordar aquellos días de mi niñez. Sentirme abuela es volver pasos, maravillosos pasos, atrás y recordar, recordar, recordar...
A los cuatro años, llegó mi segundo nieto, otro muchachote, éste moreno como el azabache, un trastito que iba a amenizar mi vida con su risa siempre activa, como un brote de primavera, que de nuevo vino a traer alegría a mi vida, una alegría que, quizás por las circunstancias de la vida, se había apagado.
El morenote llegó lleno de vida y salud. Por tanto, era como un remolino que no paraba nada más que para dormir, llenaba mis horas de nueva abuela, porque yo soy nueva cada vez. Y es que se renueva tu vida en cada nacimiento. ¡Qué bellas experiencias!
Pasan los años y van creciendo estos dos nietos. Son tiernos y dulces. Me quieren, les quiero, pasamos grandes ratos juntos, pues por razones del trabajo de sus papás, sobre todo en verano, pasan mucho tiempo junto a mí.
Leemos, jugamos y como yo soy aficionada a la poesía, y escribo, ellos leen mis poemas, les escribo cuentos que leemos por la noche y eso les encanta. A mí también me conmueve sentirles felices. ¿Qué más se puede pedir?
Pienso que la vida hoy me sonríe. Ahora nos devolvemos la papeleta.
Con los años, cinco exactamente, mi hijo me notificó que iba a ser papá, o sea, de nuevo abuela. Y nos llegó la pequeña señorita, morena como su papi, hermosa como un lucero del alba. Es una mezcla de papá y mamá, una preciosidad que me tiene cogidita el alma.
Estoy tan llena... es maravilloso. Cada ser que viene al mundo es una prueba más de lo bella que es la vida, con sus dificultades y sus trabas, con sus caminos a veces llenos de pinchos. Lo importante es saberlos esquivar y vivir los momentos buenos, de tal modo que los espinosos queden atrás.
A esta pequeña, por motivo de trabajo de sus papis, la tengo varias horas al día. Es un gran placer sentir que mi tiempo está ocupado en lo mejor de lo mejor, tratar de educar a mi nieta, al menos como me educaron a mí. Eso si, ella tiene unos papás que la quieren a rabiar.
Ahora tiene dos años y este verano hemos disfrutado en la playa de lo lindo. No para, es otro bichito como su primo el morenazo, son muy similares de carácter y a su vez muy buenos niños.
Días de verdadera felicidad me dan estos peques. Los días en la playa viéndoles correr y jugar todo el día, sin parar, llenos de vida. Esas son de las cosas mejores que me podían pasar.
Terminará el verano y volveremos a las actividades cotidianas, pero cada día, o casi cada día, abrazaré a mis nietos. Eso es muy importante, me dan vida, son…sensaciones de bienestar.
Llegó septiembre y llega la vuelta al colegio. Los mayores, ya llenos de ganas de ver a sus amiguitos, han comenzado muy ilusionados.
Para la peque son nuevas experiencias y, como tales, no lo toma con el mismo agrado. Sus dos añitos aún no le permiten ver las cosas del mismo modo que a sus primitos.
Cada mañana sale de casa más o menos bien y al entrar por la puerta protesta. Pero la experiencia me dice que hacer un poco el cuento viene bien para ver si los papás me llevan a casa. Siempre lo intentan, en su pensamiento está: “es el lugar donde mejor estoy”.
Al no conseguirlo, lo ha de ir aceptando y, poco a poco, cada día, va mejorando y lo pasará mucho mejor. Es muy viva y con una gran personalidad.
Todas estas cosas que hoy vivo me hacen sentir en otro plano de la vida, siento en cada rincón de mí ser que un alma me vela cada instante y me da fuerzas para seguir la lucha de la vida. Una lucha que no siempre es fácil, con ellos el camino es llevadero.
Siento que muy cerca de mí, en los juegos con mis nietos, la tengo presente ¡Qué recuerdos tan bellos! Eso me da fuerza para seguir adelante, para que el día a día sea maravilloso y que cada tropezón que la vida ofrezca, sea para levantarse de nuevo y seguir en la lucha por la felicidad.
Estos tres niños, mis nietos, son en este preciso momento mi felicidad al completo. Son mis tres amores.
Lola Pérez
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