chapirulo
Poeta recién llegado
Mi Deseo de cumpleaños (Un pecado escrito en tinta)
El regalo que yo quiero es beber de ti sin fe y sin permiso,
rastrear el pulso animal de tu aroma
como quien desciende a un lugar del que no se vuelve limpio.
Que mi boca no rece: que se pierda.
Que mi lengua no pida perdón
por obedecer al instinto que tu presencia desata.
El regalo que yo quiero es subir por tu cuerpo como se escala un pecado,
dejar marcas donde nadie bendice,
probar el frío tenso de tus cumbres hasta que el aliento sea ruido
y el pulso olvide su nombre.
El regalo que yo quiero tiene vocación de tinta,
esa que insiste sobre el papel de los días;
pero es frágil, lo sé, como los versos de esos tipos olvidados
que nadie se molesta en aprender de memoria.
El regalo que yo quiero es oscuro: rozar el cielo solo para mancharlo,
tocar las estrellas con las manos sucias de deseo,
sabiendo que después no habrá absolución.
No lo llamo amor ni destino: es hambre.
Dura lo que dura el temblor,
lo que resiste la piel antes de pedir más o huir.
El regalo que yo quiero no exige respuesta.
Puede ser tomado en la penumbra o...
arrojado al rincón donde se pudren las ganas calladas.
Y tú...
elegiste el silencio.
No hubo rechazo.
No hubo palabra.
Solo este vacío exacto
donde el deseo aprende a avergonzarse de haber nacido.
El regalo que yo quiero es beber de ti sin fe y sin permiso,
rastrear el pulso animal de tu aroma
como quien desciende a un lugar del que no se vuelve limpio.
Que mi boca no rece: que se pierda.
Que mi lengua no pida perdón
por obedecer al instinto que tu presencia desata.
El regalo que yo quiero es subir por tu cuerpo como se escala un pecado,
dejar marcas donde nadie bendice,
probar el frío tenso de tus cumbres hasta que el aliento sea ruido
y el pulso olvide su nombre.
El regalo que yo quiero tiene vocación de tinta,
esa que insiste sobre el papel de los días;
pero es frágil, lo sé, como los versos de esos tipos olvidados
que nadie se molesta en aprender de memoria.
El regalo que yo quiero es oscuro: rozar el cielo solo para mancharlo,
tocar las estrellas con las manos sucias de deseo,
sabiendo que después no habrá absolución.
No lo llamo amor ni destino: es hambre.
Dura lo que dura el temblor,
lo que resiste la piel antes de pedir más o huir.
El regalo que yo quiero no exige respuesta.
Puede ser tomado en la penumbra o...
arrojado al rincón donde se pudren las ganas calladas.
Y tú...
elegiste el silencio.
No hubo rechazo.
No hubo palabra.
Solo este vacío exacto
donde el deseo aprende a avergonzarse de haber nacido.
EMCM 02/02/2026