Abraham Ferreira Khalil
Poeta recién llegado
A Juan Ramón Ferreira, que, a menudo, sufre y encuentra consuelo en la soledad.
Mi corazón se levanta en fúnebres cordilleras
que atenazan mis presagios como islas que el firmamento
lanzara entre viejos puentes contra un bullicio remoto.
La intrincada luz del tiempo delata grutas ausentes
y sucumbe al mismo salmo; oigo otra llamada más:
otra quietud retirada que atraviesa el horizonte.
Nada me es hoy tan terrible como el padre compasivo
que esparce sobre la frente de un hijo respetuoso
instantes acuchillados y coronas de martirio.
¿Acaso no han escuchado a la brisa avariciosa
desparramar por mis ojos la indiferencia que aquello
deja en mí como un perfume? Desconozco si así ha sido.
Hasta aquí mi corazón divaga por sus naufragios.
¡Oh, padre desconocido! Desolada es la nostalgia
y descorazonador el polvo que me ensangrienta.
El júbilo que me diste como una paloma al viento
ha volado esta mañana; aunque es palabra vacía
bajo el silencio siniestro y el rugido de la niebla.
¿Me has condenado a este canto por ignorar tus mensajes
débiles como el aliento que un faro exhala a lo lejos?
Otra cascada de humo vela mi vista y mi frente.
Desconozco si así ha sido. Y, sin embargo, supuse
que la túnica de tu hijo abrasaría mi cuerpo
entre sus últimas llagas. Y, por fin, brilló tu obsequio.
No sé si alguien guarda aún la arena del pensamiento
para poder arrojarla sobre esta suma tediosa
de recuerdos, de promesas y miradas que sollozan.
Ya respiré, en soledad, toda la calma que quise.
Mis pulmones parecían murallas envejecidas
por las lluvias y los siglos, pues me invaden y confunden.
Ya cavan mis tenues manos el estruendo de un ser libre;
y echo ojeadas incrédulas a un luminoso paisaje;
pero el espanto brutal lanza sobre mí sus rocas.
Y, así, todo se derrumba: briznas surcadas de aurora,
valles cubiertos de risas y palomas anhelantes;
por lo demás, nada espero: sólo, padre, tus abrazos.
Aunque la espera se oculte tras el lomo del abismo,
aunque deba sonreír en estas profundidades
hasta que mi último gesto caiga y se disuelva en ellas.
Porque no existe un tesoro que la ambición del orín
haya corrompido en fábulas y suspiros congelados
sino esa gris bocanada que el corazón busca a ciegas.
© Abraham Ferreira Khalil
Mi corazón se levanta en fúnebres cordilleras
que atenazan mis presagios como islas que el firmamento
lanzara entre viejos puentes contra un bullicio remoto.
La intrincada luz del tiempo delata grutas ausentes
y sucumbe al mismo salmo; oigo otra llamada más:
otra quietud retirada que atraviesa el horizonte.
Nada me es hoy tan terrible como el padre compasivo
que esparce sobre la frente de un hijo respetuoso
instantes acuchillados y coronas de martirio.
¿Acaso no han escuchado a la brisa avariciosa
desparramar por mis ojos la indiferencia que aquello
deja en mí como un perfume? Desconozco si así ha sido.
Hasta aquí mi corazón divaga por sus naufragios.
¡Oh, padre desconocido! Desolada es la nostalgia
y descorazonador el polvo que me ensangrienta.
El júbilo que me diste como una paloma al viento
ha volado esta mañana; aunque es palabra vacía
bajo el silencio siniestro y el rugido de la niebla.
¿Me has condenado a este canto por ignorar tus mensajes
débiles como el aliento que un faro exhala a lo lejos?
Otra cascada de humo vela mi vista y mi frente.
Desconozco si así ha sido. Y, sin embargo, supuse
que la túnica de tu hijo abrasaría mi cuerpo
entre sus últimas llagas. Y, por fin, brilló tu obsequio.
No sé si alguien guarda aún la arena del pensamiento
para poder arrojarla sobre esta suma tediosa
de recuerdos, de promesas y miradas que sollozan.
Ya respiré, en soledad, toda la calma que quise.
Mis pulmones parecían murallas envejecidas
por las lluvias y los siglos, pues me invaden y confunden.
Ya cavan mis tenues manos el estruendo de un ser libre;
y echo ojeadas incrédulas a un luminoso paisaje;
pero el espanto brutal lanza sobre mí sus rocas.
Y, así, todo se derrumba: briznas surcadas de aurora,
valles cubiertos de risas y palomas anhelantes;
por lo demás, nada espero: sólo, padre, tus abrazos.
Aunque la espera se oculte tras el lomo del abismo,
aunque deba sonreír en estas profundidades
hasta que mi último gesto caiga y se disuelva en ellas.
Porque no existe un tesoro que la ambición del orín
haya corrompido en fábulas y suspiros congelados
sino esa gris bocanada que el corazón busca a ciegas.
© Abraham Ferreira Khalil
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