Uno de los cuantiosos días
en los que salgo a fumar a mi terraza
me dejé el mechero encima del pollo
de la ventana.
Estuvo días y noches
noches y días
en el pollo de la ventana.
Olvidado, inmóvil, sin que nadie lo buscara
ni nadie lo echara de menos al menos una hora.
Solo ahí, viendo el ciclo de las nubes
cómo se teñía el cielo a sí mismo,
emocionado por el vaivén de la luz
y la oscuridad más fría.
Olvidado en el tiempo de una ventana
-qué triste vida-.
Mientras yo, fumando con otro mechero más nuevo
-pensé que había perdido al olvidado-
casi siendo infiel en el fuego de la muerte,
Me sentía sucio y ruin, sin saber porqué;
ni el humo corrosivo de mi cigarro
derretía los glaciares de mis entrañas.
Salí de nuevo a la terraza para echarme un pitillo,
y salí sin mechero; como un torero que sale a la arena
sin espada ni capote, su sola armadura es su cuerpo
-así debería ser; el torero a la muerte por psicópata
y yo sin el placer de fumar por el mismo pecado-.
Salí, dispuesto a pasar frío durante unos 5 minutos
con la simple meta de evadirme de mi propia naturaleza
(ojalá para más de 5 minutos de mierda)
y sin mechero; pero estaba aquel vagabundo
pidiendo a gritos de metal un mísero contacto humano
y no lo privé de ello.
Cuando cogí el mechero sentí un relámpago
atravesar la coraza de mi piel, que hizo que se me erizaran
los nervios más humildes de mi cuerpo.
El mechero estaba congelado de tantos días a la intemperie,
vulnerable a las palizas del frío de las noches de invierno.
Primero fue un rayo de hielo, se destrozó en pequeñas virutas
de helor que se incrustaron en mis venas y músculos.
Del frío pasó al calor más infernal que los fuegos
de la Divina Comedia de Dante;
un calor sofocante, derretía mis huesos
y se fundían con mi piel; derrochando humo
y más humo por los poros de mi carne.
Y por último, tranquilidad...
sentí cómo el frío se tornó a aire
y antes de salir, derritió al fuego que en mí se introdujo;
parecía un soplo apagando una vela.
Y perplejo, ditante al ruido de la naturaleza
me pregunté:
¿Me estaré enamorando del mechero?
Después me puse a escribir este hecho tan surrealista.
Mientras escribo no dejo de mirar el móvil; espero un mensaje.
Espero su mensaje como un suicidad espera a la muerte.
Y se me acelera el corazón...
Ya no sé de quien me estoy enamorando
ni lo que es el amor.
en los que salgo a fumar a mi terraza
me dejé el mechero encima del pollo
de la ventana.
Estuvo días y noches
noches y días
en el pollo de la ventana.
Olvidado, inmóvil, sin que nadie lo buscara
ni nadie lo echara de menos al menos una hora.
Solo ahí, viendo el ciclo de las nubes
cómo se teñía el cielo a sí mismo,
emocionado por el vaivén de la luz
y la oscuridad más fría.
Olvidado en el tiempo de una ventana
-qué triste vida-.
Mientras yo, fumando con otro mechero más nuevo
-pensé que había perdido al olvidado-
casi siendo infiel en el fuego de la muerte,
Me sentía sucio y ruin, sin saber porqué;
ni el humo corrosivo de mi cigarro
derretía los glaciares de mis entrañas.
Salí de nuevo a la terraza para echarme un pitillo,
y salí sin mechero; como un torero que sale a la arena
sin espada ni capote, su sola armadura es su cuerpo
-así debería ser; el torero a la muerte por psicópata
y yo sin el placer de fumar por el mismo pecado-.
Salí, dispuesto a pasar frío durante unos 5 minutos
con la simple meta de evadirme de mi propia naturaleza
(ojalá para más de 5 minutos de mierda)
y sin mechero; pero estaba aquel vagabundo
pidiendo a gritos de metal un mísero contacto humano
y no lo privé de ello.
Cuando cogí el mechero sentí un relámpago
atravesar la coraza de mi piel, que hizo que se me erizaran
los nervios más humildes de mi cuerpo.
El mechero estaba congelado de tantos días a la intemperie,
vulnerable a las palizas del frío de las noches de invierno.
Primero fue un rayo de hielo, se destrozó en pequeñas virutas
de helor que se incrustaron en mis venas y músculos.
Del frío pasó al calor más infernal que los fuegos
de la Divina Comedia de Dante;
un calor sofocante, derretía mis huesos
y se fundían con mi piel; derrochando humo
y más humo por los poros de mi carne.
Y por último, tranquilidad...
sentí cómo el frío se tornó a aire
y antes de salir, derritió al fuego que en mí se introdujo;
parecía un soplo apagando una vela.
Y perplejo, ditante al ruido de la naturaleza
me pregunté:
¿Me estaré enamorando del mechero?
Después me puse a escribir este hecho tan surrealista.
Mientras escribo no dejo de mirar el móvil; espero un mensaje.
Espero su mensaje como un suicidad espera a la muerte.
Y se me acelera el corazón...
Ya no sé de quien me estoy enamorando
ni lo que es el amor.