Asklepios
Incinerando envidias
Me abandonaste sin dejar de hurgar en lo más íntimo de mí… en mis ruidos, en las esencias que, tan sólo eran lo único que me ayudaba a distraerme de tanto dolor.
Camuflado entre los latidos de estas penumbras, atento al más mínimo rumor, fui testigo del susurrar de tantas carencias y de los compartidos silencios que nos quedaron por repartir. Y, por último, pude ver cómo se deshilacharon en sus bordes, las tinieblas, al tiempo que también presencié cómo aumentaban su tamaño las primeras y tímidas gotas del rocío. Entonces, una pequeña flota de invisibles rachas de viento, estiraron la silueta de su respiración. Fue la rotura perfecta de la tibieza, de la que quedó en mí, para siempre, este fragmento de su naufragio.
Camuflado entre los latidos de estas penumbras, atento al más mínimo rumor, fui testigo del susurrar de tantas carencias y de los compartidos silencios que nos quedaron por repartir. Y, por último, pude ver cómo se deshilacharon en sus bordes, las tinieblas, al tiempo que también presencié cómo aumentaban su tamaño las primeras y tímidas gotas del rocío. Entonces, una pequeña flota de invisibles rachas de viento, estiraron la silueta de su respiración. Fue la rotura perfecta de la tibieza, de la que quedó en mí, para siempre, este fragmento de su naufragio.