Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
Manos sin dedos, dedos sin piel,
hilan la brisa como si fuera papel.
No hay rueca, ni hilo, ni aguja a la vista,
solo el aire enredado en una danza imprevista.
Las manos flotan, no tocan el suelo,
surcan el cielo como aves en duelo.
Tejen corrientes con hilos de nada,
costuran suspiros en tela encantada.
Cada movimiento es un verso sin nombre,
que sacude árboles, relojes y hombres.
Las uñas de sombra, los nudillos de eco,
van bordando el silencio en un chal hueco.
Tejen el viento que aún no ha nacido,
el que susurra desde el olvido.
Un soplo de infancia, una risa apagada,
una voz que tiembla y no dice nada.
Una mano zurce la brisa del norte,
la otra la empuja con gesto de corte.
Van remendando los huecos del día,
con ráfagas suaves de melancolía.
Manos antiguas, tal vez de los sueños,
quizás de un dios, o de algún leño
que ardió sin fuego en medio del mar,
y dejó al viento sin saber volar.
Las nubes bajan a mirar el bordado,
y el sol, curioso, queda atrapado.
Una puntada lo cose a la tarde,
y el cielo se vuelve un manto cobarde.
El viento que nace de esa labor
no es viento cualquiera, lleva color.
Tiene aroma de libros cerrados,
y el sonido exacto de pasos callados.
¿Quién dirige esas manos sin rostro?
¿Quién borda los días con polvo y sollozo?
Nadie responde, todo es incierto,
solo el rumor del aire cubriendo el desierto.
Pero si un día sientes al viento pasar,
como si supiera cantar o llorar,
no temas, no corras, no cierres la puerta:
es que las manos siguen despiertas.
Tejen el tiempo, tejen la ausencia,
tejen la música sin dependencia.
Y cuando tú duermes, sueñan por ti,
hilos del viento que no tienen fin.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
hilan la brisa como si fuera papel.
No hay rueca, ni hilo, ni aguja a la vista,
solo el aire enredado en una danza imprevista.
Las manos flotan, no tocan el suelo,
surcan el cielo como aves en duelo.
Tejen corrientes con hilos de nada,
costuran suspiros en tela encantada.
Cada movimiento es un verso sin nombre,
que sacude árboles, relojes y hombres.
Las uñas de sombra, los nudillos de eco,
van bordando el silencio en un chal hueco.
Tejen el viento que aún no ha nacido,
el que susurra desde el olvido.
Un soplo de infancia, una risa apagada,
una voz que tiembla y no dice nada.
Una mano zurce la brisa del norte,
la otra la empuja con gesto de corte.
Van remendando los huecos del día,
con ráfagas suaves de melancolía.
Manos antiguas, tal vez de los sueños,
quizás de un dios, o de algún leño
que ardió sin fuego en medio del mar,
y dejó al viento sin saber volar.
Las nubes bajan a mirar el bordado,
y el sol, curioso, queda atrapado.
Una puntada lo cose a la tarde,
y el cielo se vuelve un manto cobarde.
El viento que nace de esa labor
no es viento cualquiera, lleva color.
Tiene aroma de libros cerrados,
y el sonido exacto de pasos callados.
¿Quién dirige esas manos sin rostro?
¿Quién borda los días con polvo y sollozo?
Nadie responde, todo es incierto,
solo el rumor del aire cubriendo el desierto.
Pero si un día sientes al viento pasar,
como si supiera cantar o llorar,
no temas, no corras, no cierres la puerta:
es que las manos siguen despiertas.
Tejen el tiempo, tejen la ausencia,
tejen la música sin dependencia.
Y cuando tú duermes, sueñan por ti,
hilos del viento que no tienen fin.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados