No hay majestad
más poderosa,
aunque sin ceñir corona,
que la que despliega
la muerte,
en sus mil caprichosas formas.
Cuando se es invitado a su baile,
no se puede rechazar;
es de presencia obligada
acudir a su urgente,
llamada personal.
Y entre sus dedos sujeta
el destino de la humanidad,
de las más variadas criaturas
e incluso del infinito estelar.
Reina desde el principio
hasta el apocalíptico final.
Sólo quedará ella,
con sus vacías cuencas,
observando cómo
se malogra todo,
bajando el telón
de la última representación
cuando la negrura gane,
en la lid, a la luz.
más poderosa,
aunque sin ceñir corona,
que la que despliega
la muerte,
en sus mil caprichosas formas.
Cuando se es invitado a su baile,
no se puede rechazar;
es de presencia obligada
acudir a su urgente,
llamada personal.
Y entre sus dedos sujeta
el destino de la humanidad,
de las más variadas criaturas
e incluso del infinito estelar.
Reina desde el principio
hasta el apocalíptico final.
Sólo quedará ella,
con sus vacías cuencas,
observando cómo
se malogra todo,
bajando el telón
de la última representación
cuando la negrura gane,
en la lid, a la luz.