LOS SECRETOS DE LA NOCHE.
En el laberinto de los insinuantes espejos
que son luz nacida desde un fondo inaccesible
me debato y asumo mi inviolable trascendencia,
aquella que me forjo por las tardes
para renunciar a ella en las pálidas noches.
Mi piel de extrañas fosforescencias canta
con los laúdes matutinos, aguas lustrales
de impotentes cauces hacia el vórtice de mi nada.
Aspiro a ser celestial incongruencia
perseida disuelta en oquedades de silencio
anatómica constelación de estrellas violadas
por los dioses que esperan su regreso.
Y tras los espejos los campos asediados
-yo lo se, los vi en mis sueños-
cuajados de ortigas majestuosas
de corazas como lagartos relumbrantes,
como pecios agridulces en los que reposan
las sirenas de los cuentos.
Y discurren mis noches en la calma quejumbrosa
de los hospitales de guerra, entre fuegos fatuos
y lámparas votivas, entre los reflejos sobre los espejos negros
de faros amarillentos de los coches que se desploman
desde los triforios deslumbrados
como dromedarios muertos.
Cómo me duele el desierto, los desiertos, que anidan
en mi alma hoy revestida de cuero,
oh, mis desiertos.
He dejado encendidas mis huellas marcadas en las dunas
pues espero una nueva eternidad en la que Ella me acompañe
la mujer de cabellos líquidos y ojos como barcas de Caronte
la mujer que me nació en sus sueños.
Vibrantes las auroras boreales, los espejismos caudales,
las bocas con labios en forma de mandorlas ahuecadas
para alojar los virginales besos.
Entre palmeras cruzadas los secretos de la noche en el desierto
me llegan como melodías sobre pentagramas rojos,
líneas paralelas como surcos en los infinitos campos
donde ya reposa mi cuerpo.
En el laberinto de los insinuantes espejos
que son luz nacida desde un fondo inaccesible
me debato y asumo mi inviolable trascendencia,
aquella que me forjo por las tardes
para renunciar a ella en las pálidas noches.
Mi piel de extrañas fosforescencias canta
con los laúdes matutinos, aguas lustrales
de impotentes cauces hacia el vórtice de mi nada.
Aspiro a ser celestial incongruencia
perseida disuelta en oquedades de silencio
anatómica constelación de estrellas violadas
por los dioses que esperan su regreso.
Y tras los espejos los campos asediados
-yo lo se, los vi en mis sueños-
cuajados de ortigas majestuosas
de corazas como lagartos relumbrantes,
como pecios agridulces en los que reposan
las sirenas de los cuentos.
Y discurren mis noches en la calma quejumbrosa
de los hospitales de guerra, entre fuegos fatuos
y lámparas votivas, entre los reflejos sobre los espejos negros
de faros amarillentos de los coches que se desploman
desde los triforios deslumbrados
como dromedarios muertos.
Cómo me duele el desierto, los desiertos, que anidan
en mi alma hoy revestida de cuero,
oh, mis desiertos.
He dejado encendidas mis huellas marcadas en las dunas
pues espero una nueva eternidad en la que Ella me acompañe
la mujer de cabellos líquidos y ojos como barcas de Caronte
la mujer que me nació en sus sueños.
Vibrantes las auroras boreales, los espejismos caudales,
las bocas con labios en forma de mandorlas ahuecadas
para alojar los virginales besos.
Entre palmeras cruzadas los secretos de la noche en el desierto
me llegan como melodías sobre pentagramas rojos,
líneas paralelas como surcos en los infinitos campos
donde ya reposa mi cuerpo.