Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
En la raíz del cielo
crecen jardines que nadie riega,
donde las flores abren los ojos
y las mariposas duermen en los relojes.
Allí, la gravedad es un rumor anticuado
que ya nadie obedece,
y las lágrimas, cuando caen,
suben como globos con nombres escritos en el tallo.
Un cuervo de humo
lleva en el pico un espejo,
pero el reflejo no es tu rostro,
es tu sombra cuando aún no habías nacido.
Las estatuas giran lentamente
al ritmo de un lenguaje olvidado por los planetas,
y las piedras, que aquí son suaves,
susurran secretos
que ni los árboles se atreven a repetir.
Un río camina de espaldas,
con peces que nunca aprendieron a nadar,
solo a recordar
las veces que soñaron con ser fuego.
En el horizonte,
una puerta flota sin marco ni cerradura,
y detrás de ella,
se escucha el suave tecleo
de alguien escribiendo tu destino
con una pluma hecha de dudas.
Y justo antes de tocar la puerta suspendida,
descubres que no hay manos,
que nunca las hubo,
y que todo este tiempo
has sido tú
el jardín.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados
crecen jardines que nadie riega,
donde las flores abren los ojos
y las mariposas duermen en los relojes.
Allí, la gravedad es un rumor anticuado
que ya nadie obedece,
y las lágrimas, cuando caen,
suben como globos con nombres escritos en el tallo.
Un cuervo de humo
lleva en el pico un espejo,
pero el reflejo no es tu rostro,
es tu sombra cuando aún no habías nacido.
Las estatuas giran lentamente
al ritmo de un lenguaje olvidado por los planetas,
y las piedras, que aquí son suaves,
susurran secretos
que ni los árboles se atreven a repetir.
Un río camina de espaldas,
con peces que nunca aprendieron a nadar,
solo a recordar
las veces que soñaron con ser fuego.
En el horizonte,
una puerta flota sin marco ni cerradura,
y detrás de ella,
se escucha el suave tecleo
de alguien escribiendo tu destino
con una pluma hecha de dudas.
Y justo antes de tocar la puerta suspendida,
descubres que no hay manos,
que nunca las hubo,
y que todo este tiempo
has sido tú
el jardín.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados