angel del olvido
Poeta asiduo al portal
Los Gatos
“Tengo dos gatos que fuman más que yo
Y una gata que me quiere más que tú.”
Artemio Luis Franco
Hace diez minutos supe, por una voz seca, salida de un teléfono, que Aidé había muerto arañando la arena mojada de la playa Ángeles .Hoy en la noche, después de que me pidió doscientos pesos, me dio un beso en la mejilla izquierda y me dijo algo como “vuelvo pronto”.
Me pregunto quién será la primera persona que cruce el umbral de la puerta después de que Aidé ha muerto, barajeo con cansancio modestas respuestas, aun cuando me cansa y no encuentro utilidad en el acto de imaginar, me agrada hacerlo. Pienso que en breve a de aparecer un agente judicial vestido casualmente, como intentando no descubrir la ofensiva que está en breve por surgir. Sentándose justo en esta silla, en frente de mi, sereno, observador, alargando el silencio hasta hacer creer que nada pasa, que a nada a venido, que solo sabe que un viejo con traje de etiqueta y borracho le ha dicho que viniera y me mirara como lo hace ahora, con unos tremendos ojos infantiles, “te miro Ricardo, eres inocente”. Y el agente judicial no hace más que mirarme un poco más, se disculpa de algo y se marcha. Podría ser él, el primero.
Aunque también manejo la posibilidad de que sea el hombre que oficia largas y tediosas misas, los domingos en la iglesia de la Soledad y me pidió en cierta ocasión, acostarse con Aidé por la sana y libre tranquilidad de la parroquia. No acepte de ninguna manera aun cuando prometía en breve confesar todos sus crímenes e irse una larga temporada al infierno. Fue tentador. Lo confieso. Pero me negué, amenazándolo de cortarle el suministro de oxigeno y placer carnal, con una vieja pistola, calibre veintidós. Desde ese día se dedicó a rezar secretamente, para que Aidé y yo, en breve nos convirtiéramos en cristianos. Quizá sea él, quien cruce la puerta y se siente en esta maldita silla, totalmente agradecido con su dios.
Algo como más familiar y afectivo me dice que no podría ser ni un judicial, ni tampoco el maldito cura. Y también me alegra no tener que recibir la queja de un maldito poeta, enamorado de Aidé desde hace años, reclamando quizás mi falta de atención. No lo sé.
El único que podría atravesar la puerta siempre y cuando no se asuste al abrir y verme apuntándole con un rifle, es Margo, el pintor de gatos, el hombre que le regalo a Aidé, hace exactamente medio mes, un par de cuadros idénticos, dos gatos de pelaje azul con decadencias grises en los bordes, dos gatos que según él, eran de buena suerte. Cada gato echado en su cuadro con la mirada perdida.
No obstante aun tengo tiempo para cargar el rifle y pararme tranquilamente a quitar el seguro de la puerta. Tendré tiempo, estoy seguro, de fumarme un cigarrillo Faros antes de que alguien entre con la triste noticia, de oreja a oreja, que mi mujer está muerta. Alentándome por vez primera, creer en la dulce vida que le espera.
Acaricio el pelo azul de Alan, mi gata, que desde hace veinte minutos no hace más que restregarse contra mi mano, intentando quizás darme la respuesta.
Miro los gatos echados en sus cuadros con la sonrisa perdida. Alan, mi gata azul, se frota sus manos contra mi espalda.
Acabo el cigarrillo justo antes de que toquen la puerta y el par de gatos pueda decir “Entren ya, está desnudo con una mujer dormida en el pecho, aquí está el asesino”. Me pregunto entonces ¿Por qué diablos no fui pintor de gatos?
Y algo en la mirada de Alan, me dice que la maldita noche, será larga.
“Tengo dos gatos que fuman más que yo
Y una gata que me quiere más que tú.”
Artemio Luis Franco
Hace diez minutos supe, por una voz seca, salida de un teléfono, que Aidé había muerto arañando la arena mojada de la playa Ángeles .Hoy en la noche, después de que me pidió doscientos pesos, me dio un beso en la mejilla izquierda y me dijo algo como “vuelvo pronto”.
Me pregunto quién será la primera persona que cruce el umbral de la puerta después de que Aidé ha muerto, barajeo con cansancio modestas respuestas, aun cuando me cansa y no encuentro utilidad en el acto de imaginar, me agrada hacerlo. Pienso que en breve a de aparecer un agente judicial vestido casualmente, como intentando no descubrir la ofensiva que está en breve por surgir. Sentándose justo en esta silla, en frente de mi, sereno, observador, alargando el silencio hasta hacer creer que nada pasa, que a nada a venido, que solo sabe que un viejo con traje de etiqueta y borracho le ha dicho que viniera y me mirara como lo hace ahora, con unos tremendos ojos infantiles, “te miro Ricardo, eres inocente”. Y el agente judicial no hace más que mirarme un poco más, se disculpa de algo y se marcha. Podría ser él, el primero.
Aunque también manejo la posibilidad de que sea el hombre que oficia largas y tediosas misas, los domingos en la iglesia de la Soledad y me pidió en cierta ocasión, acostarse con Aidé por la sana y libre tranquilidad de la parroquia. No acepte de ninguna manera aun cuando prometía en breve confesar todos sus crímenes e irse una larga temporada al infierno. Fue tentador. Lo confieso. Pero me negué, amenazándolo de cortarle el suministro de oxigeno y placer carnal, con una vieja pistola, calibre veintidós. Desde ese día se dedicó a rezar secretamente, para que Aidé y yo, en breve nos convirtiéramos en cristianos. Quizá sea él, quien cruce la puerta y se siente en esta maldita silla, totalmente agradecido con su dios.
Algo como más familiar y afectivo me dice que no podría ser ni un judicial, ni tampoco el maldito cura. Y también me alegra no tener que recibir la queja de un maldito poeta, enamorado de Aidé desde hace años, reclamando quizás mi falta de atención. No lo sé.
El único que podría atravesar la puerta siempre y cuando no se asuste al abrir y verme apuntándole con un rifle, es Margo, el pintor de gatos, el hombre que le regalo a Aidé, hace exactamente medio mes, un par de cuadros idénticos, dos gatos de pelaje azul con decadencias grises en los bordes, dos gatos que según él, eran de buena suerte. Cada gato echado en su cuadro con la mirada perdida.
No obstante aun tengo tiempo para cargar el rifle y pararme tranquilamente a quitar el seguro de la puerta. Tendré tiempo, estoy seguro, de fumarme un cigarrillo Faros antes de que alguien entre con la triste noticia, de oreja a oreja, que mi mujer está muerta. Alentándome por vez primera, creer en la dulce vida que le espera.
Acaricio el pelo azul de Alan, mi gata, que desde hace veinte minutos no hace más que restregarse contra mi mano, intentando quizás darme la respuesta.
Miro los gatos echados en sus cuadros con la sonrisa perdida. Alan, mi gata azul, se frota sus manos contra mi espalda.
Acabo el cigarrillo justo antes de que toquen la puerta y el par de gatos pueda decir “Entren ya, está desnudo con una mujer dormida en el pecho, aquí está el asesino”. Me pregunto entonces ¿Por qué diablos no fui pintor de gatos?
Y algo en la mirada de Alan, me dice que la maldita noche, será larga.