Desde la locura
colgado a su cuernos
de lágrima y piedra,
el paisaje se acelera.
Sus montañas y altiplanos
se confunden en mi cabeza.
Lo que quieto debe estar
se mueve
como si en unas escaleras mecánicas
ascendiera.
Lo verde,
rojo se vuelve;
el cielo
con nubes de azufre se llena.
Los abrazos atesorados,
los besos nunca olvidados,
son alfileres y cuchillos
que hasta lo hondo se hunden
causando hasta el desmayo, daño.
Los gritos son susurros
atrapados en las paredes
que los aíslan,
fundidos en su cemento de olvido,
envueltos en gélido frío.
Mis pies en el aire vacilan;
mis dedos tantean la jaula
que mis ideas diseñaron
con cada gota de día
que me hizo sentir descolgado
de la frontera
donde la cordura habita.
Señálame el camino
que del pozo me eleve,
aunque quizás salvación no halle
a pesar de que la senda encuentre,
porque la noche
a todos los niveles se extiende
y la realidad es más enloquecedora,
más despiadada,
que la risa de un demente.
colgado a su cuernos
de lágrima y piedra,
el paisaje se acelera.
Sus montañas y altiplanos
se confunden en mi cabeza.
Lo que quieto debe estar
se mueve
como si en unas escaleras mecánicas
ascendiera.
Lo verde,
rojo se vuelve;
el cielo
con nubes de azufre se llena.
Los abrazos atesorados,
los besos nunca olvidados,
son alfileres y cuchillos
que hasta lo hondo se hunden
causando hasta el desmayo, daño.
Los gritos son susurros
atrapados en las paredes
que los aíslan,
fundidos en su cemento de olvido,
envueltos en gélido frío.
Mis pies en el aire vacilan;
mis dedos tantean la jaula
que mis ideas diseñaron
con cada gota de día
que me hizo sentir descolgado
de la frontera
donde la cordura habita.
Señálame el camino
que del pozo me eleve,
aunque quizás salvación no halle
a pesar de que la senda encuentre,
porque la noche
a todos los niveles se extiende
y la realidad es más enloquecedora,
más despiadada,
que la risa de un demente.