Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Decirte adiós no es fácil,
y no lo digo por quedar bien.
Lo digo porque me pesa el pecho,
porque todavía huele a ti
la mitad de mis recuerdos,
y porque tu nombre sigue haciéndome ruido
como un reloj que nadie apaga.
Uno cree que es fuerte,
que los hombres aguantan, resisten,
que pueden tragarse el dolor
como si fuera un mal trago.
Pero no.
Yo también me rompo.
Yo también extraño.
Yo también cargo fantasmas
que no sé dónde meter.
La verdad es que todavía te busco
en los espacios donde ya no estás.
En la cama fría,
en el lado del sofá que no se hunde,
en la mesa donde tu silla
se convirtió en un vacío con nombre.
No aprendí a soltar.
A mí nadie me enseñó eso.
Solo sé quedarme,
aunque la vida me pida que avance.
Solo sé amar torpe,
pero amar hasta el hueso.
Y por eso duele doble.
Porque te fuiste
y porque yo me quedé aquí,
estúpido, fiel a lo que ya no existe.
Te perdono por soltarte de mi mano.
Perdóname por no saber
cómo soltarte de la mía.
Los hombres también amamos demasiado,
aunque no lo digamos,
aunque no lo admitamos.
Este adiós me está partiendo en dos,
como si arrancara de mí
todo lo que alguna vez fui contigo.
Y sí, lo sé: la vida sigue.
Pero hoy no quiero que siga.
Hoy quiero reconocer que me duele,
que me pesa,
que soy humano
y que el amor también me deja cicatrices.
Dicen que el tiempo cura,
pero a mí el tiempo solo me recuerda
que ya no estás.
Que tu voz no vuelve.
Que tu sombra ya no me acompaña.
Que lo nuestro se rompió
aunque yo siga tratando de sostenerlo.
Decirte adiós
es despedirme de una parte mía
que todavía te llama.
Una parte que se resiste
a cerrar la puerta.
Y sí…
qué difícil es decirte adiós,
cuando todavía me arde el alma
por no poder decirte:
quédate
y no lo digo por quedar bien.
Lo digo porque me pesa el pecho,
porque todavía huele a ti
la mitad de mis recuerdos,
y porque tu nombre sigue haciéndome ruido
como un reloj que nadie apaga.
Uno cree que es fuerte,
que los hombres aguantan, resisten,
que pueden tragarse el dolor
como si fuera un mal trago.
Pero no.
Yo también me rompo.
Yo también extraño.
Yo también cargo fantasmas
que no sé dónde meter.
La verdad es que todavía te busco
en los espacios donde ya no estás.
En la cama fría,
en el lado del sofá que no se hunde,
en la mesa donde tu silla
se convirtió en un vacío con nombre.
No aprendí a soltar.
A mí nadie me enseñó eso.
Solo sé quedarme,
aunque la vida me pida que avance.
Solo sé amar torpe,
pero amar hasta el hueso.
Y por eso duele doble.
Porque te fuiste
y porque yo me quedé aquí,
estúpido, fiel a lo que ya no existe.
Te perdono por soltarte de mi mano.
Perdóname por no saber
cómo soltarte de la mía.
Los hombres también amamos demasiado,
aunque no lo digamos,
aunque no lo admitamos.
Este adiós me está partiendo en dos,
como si arrancara de mí
todo lo que alguna vez fui contigo.
Y sí, lo sé: la vida sigue.
Pero hoy no quiero que siga.
Hoy quiero reconocer que me duele,
que me pesa,
que soy humano
y que el amor también me deja cicatrices.
Dicen que el tiempo cura,
pero a mí el tiempo solo me recuerda
que ya no estás.
Que tu voz no vuelve.
Que tu sombra ya no me acompaña.
Que lo nuestro se rompió
aunque yo siga tratando de sostenerlo.
Decirte adiós
es despedirme de una parte mía
que todavía te llama.
Una parte que se resiste
a cerrar la puerta.
Y sí…
qué difícil es decirte adiós,
cuando todavía me arde el alma
por no poder decirte:
quédate
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