christopherlopez
Poeta recién llegado
Algunas veces recuerdo a mi abuela llorar. No era seguido, era una mujer fuerte, curtida en los tiempos donde robarse a la novia era visto como un acto de caballerosidad tajante y no una acción de violación cobarde. Mi abuela vivió casi 100 años, -llegó a los 93- tenía las piernas cansadas, la espalda quebrada y los ojos nublados por los años; entonces es cuando la vi llorar. Lloró varias veces. Casi siempre cuando la sacaba de la cama y la ponía en su silla para pasear por el jardín o para darle de comer en la mesa, donde levantaba una cuchara con las dos manos, porque sus dedos ya no cerraban y la mano derecha era más una colección de cartílago, piel y hueso, que una mano. Mi abuela ya lloraba sin miedo, sin temor a que la viéramos, sin temor a que le preguntáramos: -¿porqué lloras abuelita?, -por que son muy buenos hijo, decía. Nunca fuimos tan buenos como para verla llorar y llorar con ella. Murió, víctima más en la estadística oficial del momento histórico que muchos recordamos con rabia. Al inicio de la pandemia se le acabaron las visitas y mi abuela lloraba mientras nos preguntaba si se habían olvidado ya de ella. Cuando murió lloró de nuevo; dice mi mamá que no dijo nada, pero la miró, la miró fijamente con sus ojos nublados, llenos de lágrimas y así como llegó a nuestra casa se fue, sin haber querido realmente estar con nosotros.
Última edición: