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Llorar sin ganas

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Llueve, pero no afuera, sino adentro,
en esa esquina de la cabeza donde los paraguas nunca llegan,
y las gotas caen con un ritmo absurdo,
como si quisieran ser lágrimas pero se pierden en el intento.

Llorar sin ganas es como besar el aire,
como deshojar margaritas de plástico,
un ejercicio inútil de abrir compuertas que no existen,
de buscar la grieta en un muro perfectamente sellado.

Te sientas en la silla equivocada de tu memoria,
esa donde los fantasmas aplauden en silencio,
y te preguntas si hay algo más triste
que querer llorar sin tener el permiso de los ojos.

Es un duelo sin difunto,
una tristeza sin nombre ni apellido,
como un tren que pasa por estaciones imaginarias,
donde nadie baja y nadie sube.

Entonces, lloras.
O algo parecido.
Un derrame de suspiros que no alcanza el suelo,
un bostezo con sabor a tristeza reciclada.
Y el vacío, ese tirano amable,
se ríe en tu cara mientras tú,
con torpeza, intentas recordarle cómo llorar.
 
Llueve, pero no afuera, sino adentro,
en esa esquina de la cabeza donde los paraguas nunca llegan,
y las gotas caen con un ritmo absurdo,
como si quisieran ser lágrimas pero se pierden en el intento.

Llorar sin ganas es como besar el aire,
como deshojar margaritas de plástico,
un ejercicio inútil de abrir compuertas que no existen,
de buscar la grieta en un muro perfectamente sellado.

Te sientas en la silla equivocada de tu memoria,
esa donde los fantasmas aplauden en silencio,
y te preguntas si hay algo más triste
que querer llorar sin tener el permiso de los ojos.

Es un duelo sin difunto,
una tristeza sin nombre ni apellido,
como un tren que pasa por estaciones imaginarias,
donde nadie baja y nadie sube.

Entonces, lloras.
O algo parecido.
Un derrame de suspiros que no alcanza el suelo,
un bostezo con sabor a tristeza reciclada.
Y el vacío, ese tirano amable,
se ríe en tu cara mientras tú,
con torpeza, intentas recordarle cómo llorar.
Una triste melancolía enmarcadas en unas elocuentes líneas.

Saludos
 
Llueve, pero no afuera, sino adentro,
en esa esquina de la cabeza donde los paraguas nunca llegan,
y las gotas caen con un ritmo absurdo,
como si quisieran ser lágrimas pero se pierden en el intento.

Llorar sin ganas es como besar el aire,
como deshojar margaritas de plástico,
un ejercicio inútil de abrir compuertas que no existen,
de buscar la grieta en un muro perfectamente sellado.

Te sientas en la silla equivocada de tu memoria,
esa donde los fantasmas aplauden en silencio,
y te preguntas si hay algo más triste
que querer llorar sin tener el permiso de los ojos.

Es un duelo sin difunto,
una tristeza sin nombre ni apellido,
como un tren que pasa por estaciones imaginarias,
donde nadie baja y nadie sube.

Entonces, lloras.
O algo parecido.
Un derrame de suspiros que no alcanza el suelo,
un bostezo con sabor a tristeza reciclada.
Y el vacío, ese tirano amable,
se ríe en tu cara mientras tú,
con torpeza, intentas recordarle cómo llorar.

Ha sido un placer detenerse mi tren en esa estación donde nadie sube pero tus versos quedan perennes.
Un placer sumergirse en tus letras querido amigo.
Un fuerte abrazo siempre.

 
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