Había una vez, en el extremo más oriente de aquel planeta, un lugar donde la civilización había alcanzado extremos tan altos de desarrollo y optimación que todos andaban muy orgullosos de ello y buscaban, por aquí y por allá, nuevas maneras para poner eso manifiesto y contarlo así al mundo.
En aquel lugar desde siempre habían sido muy aficionados a la licorería y extraer nuevos vinos de cualquier materia o sustancia que hallasen a su alcance. En la mayoría de sus aldeas y ciudades había una fábrica o empresa que se dedicaba a ello y los más ricos e importantes de cada lugar se jactaban de poseer su propia licorería como muestra de su poder y riqueza.
Pues bien una de aquellas empresas o fábrica y en vista del progreso, confort y comodidad del que presumían había decidido una vez más mostrar al mundo y por medio de algo representativo cuales eran sus votos y expectativas.
La empresa, ni corta ni perezosa, puso en marcha diversas flotas de camiones y furgonetas que por todos los caminos y carreteras de país fueron recogiendo de aldeas y ciudades esa nueva sustancia y materia para la fábrica de sus licores.
Miles de kilos y cientos de toneladas de zapatillas irían llegando así a las terminales de sus fábricas que, una vez pasados los controles de calidad y muestra del producto, serían lavadas en enormes calderas de agua templada y preparadas para tal fin. La nueva mezcla conseguida se iría recogiendo, después, hacia unos espaciosos y retorcidos alambiques donde el proceso de destilación y alcoholización alcanzaría su grado sumo o perfección. Más tarde y después del espacio de fermentación y reposo, el nuevo licor quedaría almacenado y distribuido en singulares recipientes para su acabado en cristal.
Y no te creas tú, que todos aquellos millones de botellas de "licor de zapatillas" -como rezaba su etiqueta- no acabarían de encontrar su dueño y consumidor, pues.
En aquel lugar desde siempre habían sido muy aficionados a la licorería y extraer nuevos vinos de cualquier materia o sustancia que hallasen a su alcance. En la mayoría de sus aldeas y ciudades había una fábrica o empresa que se dedicaba a ello y los más ricos e importantes de cada lugar se jactaban de poseer su propia licorería como muestra de su poder y riqueza.
Pues bien una de aquellas empresas o fábrica y en vista del progreso, confort y comodidad del que presumían había decidido una vez más mostrar al mundo y por medio de algo representativo cuales eran sus votos y expectativas.
La empresa, ni corta ni perezosa, puso en marcha diversas flotas de camiones y furgonetas que por todos los caminos y carreteras de país fueron recogiendo de aldeas y ciudades esa nueva sustancia y materia para la fábrica de sus licores.
Miles de kilos y cientos de toneladas de zapatillas irían llegando así a las terminales de sus fábricas que, una vez pasados los controles de calidad y muestra del producto, serían lavadas en enormes calderas de agua templada y preparadas para tal fin. La nueva mezcla conseguida se iría recogiendo, después, hacia unos espaciosos y retorcidos alambiques donde el proceso de destilación y alcoholización alcanzaría su grado sumo o perfección. Más tarde y después del espacio de fermentación y reposo, el nuevo licor quedaría almacenado y distribuido en singulares recipientes para su acabado en cristal.
Y no te creas tú, que todos aquellos millones de botellas de "licor de zapatillas" -como rezaba su etiqueta- no acabarían de encontrar su dueño y consumidor, pues.
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