Jcmch
Poeta veterano en el portal.
¡Mirad Satanás! ¡Tus barcos de fieras africanas se hunden en las claraboyas del rio báquico!
El sendero de la hiedra de Perséfone se muere en la pereza.
Ahh Mi Lord Como brilla la fiebre amarilla en el banquete de miserias!
Mis carnes pútridas derraman sus fluidos entre el destino de los glaciares y la infecta desolación de los urbanos.
Me tendí entre esa hiedra. Caí como un alce de caceria. Dormí como un gusano en su crisálida.
No era la muerte una secuencia de olvidos, sino un baño de hollín mañanero y fiesta secular.
Mi alma vendida reposa en tus anales. Son mis ansias estelas en tu capa, y mis anhelos los brillos de mirada.
Si todo fuera realidad, y viviera en otro color, mi casa moraría fresca entre las nubes.
Pero la bala del olvido culata perdida y amañada por la suerte. Me bañè en un lago de lagostas con las hienas de Septiembre.
Un niño se convierte en catedral, y devora la idolatría.
El perro ciego se levantó de una mirada.
Los portales secos cubrieron el pasadizo de oro, con su sombra pueril e incáica.
Un horizonte de monticulos negros tendidos en la historia que marcan mis pasos como matices olvidadas del suelo infernal.
¡Satanás! Ya es hora de dejar el carretillo de manzanas agrias.
Es una frígida marca que acelera el impulso de las musas callejeras.
El niño que abandonado llora su miedo ante el mar.
La madre que canta al frio invernal de la costa.
¡Tus garras candentes arderán en la poción ácida de mis venas!
Pero, aún crece mi miedo calvario en la eterna hondondada de mi desesperanza.
Las paredes ennegrecen su luto aliviado y la malva se torna en agridulce sarampión
Mi alma mi cuerpo. Vacíos cuencos de muerte asesina que me atrapò.
El sendero de la hiedra de Perséfone se muere en la pereza.
Ahh Mi Lord Como brilla la fiebre amarilla en el banquete de miserias!
Mis carnes pútridas derraman sus fluidos entre el destino de los glaciares y la infecta desolación de los urbanos.
Me tendí entre esa hiedra. Caí como un alce de caceria. Dormí como un gusano en su crisálida.
No era la muerte una secuencia de olvidos, sino un baño de hollín mañanero y fiesta secular.
Mi alma vendida reposa en tus anales. Son mis ansias estelas en tu capa, y mis anhelos los brillos de mirada.
Si todo fuera realidad, y viviera en otro color, mi casa moraría fresca entre las nubes.
Pero la bala del olvido culata perdida y amañada por la suerte. Me bañè en un lago de lagostas con las hienas de Septiembre.
Un niño se convierte en catedral, y devora la idolatría.
El perro ciego se levantó de una mirada.
Los portales secos cubrieron el pasadizo de oro, con su sombra pueril e incáica.
Un horizonte de monticulos negros tendidos en la historia que marcan mis pasos como matices olvidadas del suelo infernal.
¡Satanás! Ya es hora de dejar el carretillo de manzanas agrias.
Es una frígida marca que acelera el impulso de las musas callejeras.
El niño que abandonado llora su miedo ante el mar.
La madre que canta al frio invernal de la costa.
¡Tus garras candentes arderán en la poción ácida de mis venas!
Pero, aún crece mi miedo calvario en la eterna hondondada de mi desesperanza.
Las paredes ennegrecen su luto aliviado y la malva se torna en agridulce sarampión
Mi alma mi cuerpo. Vacíos cuencos de muerte asesina que me atrapò.