prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
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La virgen dejó de subir las colinas
porque los santos eran una especie de peces,
en las pinturas siempre tenían los ojos abiertos,
nunca sonreían
e iba al rió al caer la noche
para ver si alguno
llegaba a besar sus pies.
Miraba las burbujas, insólito altar de las ofrendas de su piel no acariciada
mientras por ese camino estrecho que iba al monasterio
un monje ciego
como un espermatozoide
pegado al pubis de la tierra
que no pudo alcanzar el óvulo,
acostado entre las setas venenosas
alucinaba con ser río cruzado por mujeres desnudas
y su boca, como la de un pez entre las manos
de quien le quita las escamas
dibujaba las esferas de su último rezo.
La virgen dejó de subir las colinas
porque los santos eran una especie de peces,
en las pinturas siempre tenían los ojos abiertos,
nunca sonreían
e iba al rió al caer la noche
para ver si alguno
llegaba a besar sus pies.
Miraba las burbujas, insólito altar de las ofrendas de su piel no acariciada
mientras por ese camino estrecho que iba al monasterio
un monje ciego
como un espermatozoide
pegado al pubis de la tierra
que no pudo alcanzar el óvulo,
acostado entre las setas venenosas
alucinaba con ser río cruzado por mujeres desnudas
y su boca, como la de un pez entre las manos
de quien le quita las escamas
dibujaba las esferas de su último rezo.
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