Aquella demacrada tez púrpura se suspendía en el aire longevo. Separada de un cuerpo cubierto con los harapos gangrenosos de la blasfemia y la maledicencia. Sus ojos hundidos despertaban en el incauto espectador la horrible sensación de un vacío tenebroso. Dentro de su cerebro carcomido ya tarde por la podredumbre de la nefasta noche. Y era así cómo caían en las garras de la cruel muerte humanos. Curiosos suicidas que se habían dedicado antaño a carraspear sus nefandas calvas; manchadas por el viejo sol. Pero, en un momento incongruente, aquella cara del disgusto y el díscolo dolor decidió evaporar las esperanzas ñoñas de cientos de cadáveres vivientes. Haciéndoles revivir el terror existencial por la vida. Pues, aquella siniestra tez de labios secos ya había resucitado los ponderables fantasmas de la locura y del grillete resplandor de un ca os contestatario. Fue así cómo no quedó más palpitación viviente sobre la tierra.