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La Tez

Edouard

Poeta adicto al portal
Aquella demacrada tez púrpura se suspendía en el aire longevo. Separada de un cuerpo cubierto con los harapos gangrenosos de la blasfemia y la maledicencia. Sus ojos hundidos despertaban en el incauto espectador la horrible sensación de un vacío tenebroso. Dentro de su cerebro carcomido ya tarde por la podredumbre de la nefasta noche. Y era así cómo caían en las garras de la cruel muerte humanos. Curiosos suicidas que se habían dedicado antaño a carraspear sus nefandas calvas; manchadas por el viejo sol. Pero, en un momento incongruente, aquella cara del disgusto y el díscolo dolor decidió evaporar las esperanzas ñoñas de cientos de cadáveres vivientes. Haciéndoles revivir el terror existencial por la vida. Pues, aquella siniestra tez de labios secos ya había resucitado los ponderables fantasmas de la locura y del grillete resplandor de un ca os contestatario. Fue así cómo no quedó más palpitación viviente sobre la tierra.
 
martagclara, aquella horrible máscara de incondicionado pavor hacia las criaturas nerviosas. Por la llegada inminente del luto descomunal; en una despavorida noche de bohemia terrible hacia las cabezas pensantes pero requemadas de los ajusticiados. Por no haber comprendido el significado oculto de una vida. Que se hacía fatal hacia sus débiles nervios; que sólo los dominaban para aborrecer el día en que nacieron. Acabaron cómo lo que eran hacia esa melosa tez de terror sublime. Una panda de cobardes que serían aniquilados por el vórtice profundo que encerraba, pero a la vez propalaba, un tufo de mortandad que arruinaría por siempre el vegetativo pulso de una natura secuestrada en la esencia de su misma penalidad. Atentamente Edouard.
 
homo-adictus, aquella singular jerigonza de espejismo brutal y desconsolador llamada tez terrorífica, tenía en su visión hipnótica a merced del laúd de la mortandad a humanos que ya hace tiempo no eran tales. Sino cuerpos sin vida; a los que se les había chupado el elixir substancial de una temporalidad anexa a la locura. Pronto cayeron como bellacos. Y nada quedó de ellos. Que se vaporizarían en la negrura pestilente de una tierra madre; sucumbiendo por fin en una apoteosis catastrófica próxima a la de un atentado violento y nefasto. Atentamente Edouard.
 
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