armak de odelot
Poeta asiduo al portal
En estos tiempos que corren,
en que la crisis sigue haciendo de las suyas,
es fácil sentirse culpable al vernos diminutos e insignificantes
ante el espejo de nuestro orgullo,
que herido,
no puede evitar ver como nuestra autoestima va cayendo en picado,
como valor en bolsa.
Ante tales circunstancias,
algunos optan por morir matando
y se dedican a dar el coñazo a todo el mundo,
aún a costa,
de ser impertinentes e inoportunos.
Esto es debido,
a la inherente necesidad de cada hombre de sentirse valorado y querido
y por ende, en cierto modo, importante.
Como la situación en sí, actualmente, no está para tirar cohetes,
y quedándose como se quedan
nuestras carencias más íntimas al descubierto ,
intentamos suplir el hecho de ser poco valorados,
con el interés en llamar la atención
y acaparar en lo posible el centro de todas las miradas,
para así, con tan poca cosa,
retroalimentar el amor propio perdido.
Esta válvula de escape,
a la que algunos se agarran con desesperación,
ha dado lugar a diferentes especímenes,
que pululan, al acecho, dando la tabarra por doquier.
Por un lado,
tenemos a los históricos, que van
desde el plasta de toda la vida que nos cuenta una y mil veces la misma historia,
pasando por el pelma que va de finolis y de todo sabe
hasta el pesao que nos da la paliza sin llegar a las manos.
Por otro, los que van de modernos
como el brasas que no te suelta hasta que no te ve quemao,
el aburridor que te da la lata porque no tiene otra cosa que hacer
y el cansino que se mosquea si no le prestamos la debida atención.
Y por último, los artistas,
como el toston somnoliento que no para hasta que nos da la modorra,
el plomo que nos aploma con el peso de su verborrea
y el tío ese que te da la vara hasta que confiesas lo que quiere oir.
Y así como en todas partes se cuecen habas,
en todas las artes
se cumple el viejo axioma
de que son muchos los llamados pero pocos los elegidos.
Más en este género tan peculiar y pintoresco,
al fusionarse la visceralidad humana,
esa que hace que todo nos lo tomemos a la tremenda,
con la pura y dura realidad de estos momentos,
los elegidos son y somos muchos,
que vamos, como borregos camino del matadero,
dando el coñazo a tó quisqui, pá sentir que aún estamos vivos y coleando.
Al margen de todo esto,
existe una minoría, como casi todas, privilegiada,
que andan siempre rodeados de pelotas, bufones y juglares
y solo escuchan,
cuando lo hacen, bellas melodías que endulzan sus vidas.
Mientras nos contemplan desde sus palcos,
aplaudiendo nuestros dislates,
a salvo de tanta tabarra,
bajo el silencio reparador que inunda sus palacios.
en que la crisis sigue haciendo de las suyas,
es fácil sentirse culpable al vernos diminutos e insignificantes
ante el espejo de nuestro orgullo,
que herido,
no puede evitar ver como nuestra autoestima va cayendo en picado,
como valor en bolsa.
Ante tales circunstancias,
algunos optan por morir matando
y se dedican a dar el coñazo a todo el mundo,
aún a costa,
de ser impertinentes e inoportunos.
Esto es debido,
a la inherente necesidad de cada hombre de sentirse valorado y querido
y por ende, en cierto modo, importante.
Como la situación en sí, actualmente, no está para tirar cohetes,
y quedándose como se quedan
nuestras carencias más íntimas al descubierto ,
intentamos suplir el hecho de ser poco valorados,
con el interés en llamar la atención
y acaparar en lo posible el centro de todas las miradas,
para así, con tan poca cosa,
retroalimentar el amor propio perdido.
Esta válvula de escape,
a la que algunos se agarran con desesperación,
ha dado lugar a diferentes especímenes,
que pululan, al acecho, dando la tabarra por doquier.
Por un lado,
tenemos a los históricos, que van
desde el plasta de toda la vida que nos cuenta una y mil veces la misma historia,
pasando por el pelma que va de finolis y de todo sabe
hasta el pesao que nos da la paliza sin llegar a las manos.
Por otro, los que van de modernos
como el brasas que no te suelta hasta que no te ve quemao,
el aburridor que te da la lata porque no tiene otra cosa que hacer
y el cansino que se mosquea si no le prestamos la debida atención.
Y por último, los artistas,
como el toston somnoliento que no para hasta que nos da la modorra,
el plomo que nos aploma con el peso de su verborrea
y el tío ese que te da la vara hasta que confiesas lo que quiere oir.
Y así como en todas partes se cuecen habas,
en todas las artes
se cumple el viejo axioma
de que son muchos los llamados pero pocos los elegidos.
Más en este género tan peculiar y pintoresco,
al fusionarse la visceralidad humana,
esa que hace que todo nos lo tomemos a la tremenda,
con la pura y dura realidad de estos momentos,
los elegidos son y somos muchos,
que vamos, como borregos camino del matadero,
dando el coñazo a tó quisqui, pá sentir que aún estamos vivos y coleando.
Al margen de todo esto,
existe una minoría, como casi todas, privilegiada,
que andan siempre rodeados de pelotas, bufones y juglares
y solo escuchan,
cuando lo hacen, bellas melodías que endulzan sus vidas.
Mientras nos contemplan desde sus palcos,
aplaudiendo nuestros dislates,
a salvo de tanta tabarra,
bajo el silencio reparador que inunda sus palacios.