La Sombra Obediente
J. Köhler Mendizábal
Buen mozo de mi legumbre, ¿quién te viera ahora,
que partícipe de mis blanquecinos extremos
en temores no recele sus tiempos postremos
y envidie tu acendrada brillantez sucesora?
Pues tienes caminata por delante, cual viaje,
joya exótica que hasta los ángeles lamentan,
es largo como tu dicha, y pecado que enfrentan
las estrellas que al oscurecer dan su mensaje.
Anda, velas allá, ¿qué más lejana y urgente
alegría que alcanzarlas, caminando al canto
de un asegurado sol, asesino del manto,
que la noche pronto impondrá en mí eternamente?
Conócele, pues no hay tropiezo más apenado
no existe infeliz pérdida que más triste fuera
que ser abjurado de manera tan austera
por el camino, no siendo este el abandonado.
¿Quién me alegrara, fuera mil veces bendito,
y me anunciara al precioso sabor de esa cobla
que pruebe la milagrosa sombra que se dobla
bajo mis pies en la medianoche de mi mito?
Siquiera existiera, cuando ante mí no amanezca,
y me prometa no alzar la encorvada cabeza,
para no ver en mi desgracia y en mi pobreza,
¡ay de mí!, ¡alguna luz que mi sombra obedezca!
Si fue mi paseo y siembra alguna vez un gusto
lleno de riquezas vacías, cantos internos,
júbilos ciegos, cuenta doy: no fueron eternos,
y olvidados se perderán con el tiempo injusto.
Apuros hostiles que mi marcha exacerbaron,
cuervos que con sus gráciles plumajes umbríos,
crecieron en mí indiferentes tiempos tardíos
son los bríos oscuros que a mis ojos cegaron.
¿Quién infeliz que corra afligido en la pradera
no tropieza en su apuro con morro conocido?
Pues por ventura hubiera ese infeliz yo sido
para que en futuro presente infausto no fuera.
Si ante el sol apresuré, ¿por qué cuando ozcuresca
añoraré el sudor lento, la luz perezosa?
Anda, ave en lozanía, y pregúntale ingeniosa
¡ay de mi! ¡a alguna luz que mi sombra obedezca!
Amores orgullosos se proclaman eternos
sentimientos codiciosos se decretan sin fin
mas yo que humano soy puedo ver el confín
de mis días con afectos y amores eternos.
Cuantos cantos pude haber oído en el follaje,
cuantas luces pude haber notado en la pradera,
al brillo de una mañana que por siempre fuera
la esmeralda que atavíe el anillo de mi viaje.
Aquesta y aquella manzana me ven sentidas
por dejarlas secretas al tardío camino
y no haberlas tenido para fruto divino
que plantara alfaguaras donadoras de vidas.
En este idílico mundo fortunas existen
mantos de esmeraldas y de verdes hilos de oro
que nunca en el tiempo se podrirán con desdoro
que siempre estarán gozosas por los que aún viven.
Entonces ¿qué es la vida, manto que en tí aparezca,
si al no suceder por siempre, fortuna se llama?
Anda e inquíerele, brote que la vida aún ama,
¡ay de mí! ¡a alguna luz que mi sombra obedezca!
J. Köhler Mendizábal
Buen mozo de mi legumbre, ¿quién te viera ahora,
que partícipe de mis blanquecinos extremos
en temores no recele sus tiempos postremos
y envidie tu acendrada brillantez sucesora?
Pues tienes caminata por delante, cual viaje,
joya exótica que hasta los ángeles lamentan,
es largo como tu dicha, y pecado que enfrentan
las estrellas que al oscurecer dan su mensaje.
Anda, velas allá, ¿qué más lejana y urgente
alegría que alcanzarlas, caminando al canto
de un asegurado sol, asesino del manto,
que la noche pronto impondrá en mí eternamente?
Conócele, pues no hay tropiezo más apenado
no existe infeliz pérdida que más triste fuera
que ser abjurado de manera tan austera
por el camino, no siendo este el abandonado.
¿Quién me alegrara, fuera mil veces bendito,
y me anunciara al precioso sabor de esa cobla
que pruebe la milagrosa sombra que se dobla
bajo mis pies en la medianoche de mi mito?
Siquiera existiera, cuando ante mí no amanezca,
y me prometa no alzar la encorvada cabeza,
para no ver en mi desgracia y en mi pobreza,
¡ay de mí!, ¡alguna luz que mi sombra obedezca!
Si fue mi paseo y siembra alguna vez un gusto
lleno de riquezas vacías, cantos internos,
júbilos ciegos, cuenta doy: no fueron eternos,
y olvidados se perderán con el tiempo injusto.
Apuros hostiles que mi marcha exacerbaron,
cuervos que con sus gráciles plumajes umbríos,
crecieron en mí indiferentes tiempos tardíos
son los bríos oscuros que a mis ojos cegaron.
¿Quién infeliz que corra afligido en la pradera
no tropieza en su apuro con morro conocido?
Pues por ventura hubiera ese infeliz yo sido
para que en futuro presente infausto no fuera.
Si ante el sol apresuré, ¿por qué cuando ozcuresca
añoraré el sudor lento, la luz perezosa?
Anda, ave en lozanía, y pregúntale ingeniosa
¡ay de mi! ¡a alguna luz que mi sombra obedezca!
Amores orgullosos se proclaman eternos
sentimientos codiciosos se decretan sin fin
mas yo que humano soy puedo ver el confín
de mis días con afectos y amores eternos.
Cuantos cantos pude haber oído en el follaje,
cuantas luces pude haber notado en la pradera,
al brillo de una mañana que por siempre fuera
la esmeralda que atavíe el anillo de mi viaje.
Aquesta y aquella manzana me ven sentidas
por dejarlas secretas al tardío camino
y no haberlas tenido para fruto divino
que plantara alfaguaras donadoras de vidas.
En este idílico mundo fortunas existen
mantos de esmeraldas y de verdes hilos de oro
que nunca en el tiempo se podrirán con desdoro
que siempre estarán gozosas por los que aún viven.
Entonces ¿qué es la vida, manto que en tí aparezca,
si al no suceder por siempre, fortuna se llama?
Anda e inquíerele, brote que la vida aún ama,
¡ay de mí! ¡a alguna luz que mi sombra obedezca!