Hastiado ya de tanta fama, en guerras sanguinarias poseída a golpe de espada, el conde atroz se enclaustró. No quería saber nada del mundanal tumulto. Pasaba los días con ojos como platos mirando al vacío infinito de una capilla. Sin imágenes de santos. Pero con la mastodóntica cruz del redentor colgada del aceitunado techo. No rezaba. No, eso no. Cuando llegaba la noche, se cubría con una piel de oso y salía a los jardines en pendular luz de plena luna arrobada. A pesar del calor de un mes de estío, el noble podía aguantar tal soberano calor. Luego iba a su cuarto y, desvistiéndose, se metía en la cama para, acto seguido, apagar el cirio negro de un mayestático soplo. Pero un golpe seco en la puerta lo despertó. Se levantó en medio de la obscuridad y, encendiendo la vela, fue paso a paso a abrir. Cuando ya tenía la llave puesta en la cerradura, una risa escuchó. Sin más demora oyó el chirriante movimiento de un carro. Salió y vio a un facineroso anciano de luengas barbas. Que pronunció secamente estas palabras: "solitario habrás de morir".