Poetacandente
Poeta asiduo al portal
"La puerta.
Yo tuve ceguera. Tuve la ceguera de no poder ver, quizás.
La única mujer en mi vida fue mi madre. Siempre estuve dentro suyo. En cambio, mi padre no me manifestaba mucho cariño. Tan sólo de vez en cuando venía a levantar mi autoestima con estúpidos halagos, que apenas podía oirlos (porque también tenía dificultades para oir), si no se manifestaba indiferente o con una pedancia con olor a oficina.
No me gustaba mucho que mis tías hablaran de esos hechizos y conjuros de bruja como formas de castigo, mientras se entretenían cosiendo.
Mis hermanos correteaban a mi lado como céleres duendes dejando estelas de perfume y caramelo masticado. Estaba hartándome. Necesitaba ver, necesitar ver, tan sólo por el hecho de ser ciego. El "darme cuenta" quizá hubiera significado "sabiduría", "conocimiento". Pero no.
Permanecí los últimos momentos calentito y embozado en la oscuridad. No podía ver el sol naranja tan hermoso, como ese ojo colérico hiriéndose con las imperfecciones del horizonte, con su párpado celestial gangreado de triste naranja.
Se acercó, finalmente, el momento. El único fin de todo eso.
Una luz que se abría entre mi ceguera me atraía. Y a medida que me acercaba, vi a dos personas iluminadas que me esperaban.
Entré en ese mundo por una luminosa puerta por la cual pocos podrían pasar.
Una de las dos personas me miró de arriba a abajo, con sus ojos celestes. Me dio vuelta en dirección a la puerta por la cual salí... ¡Y mi madre estaba allí!
En ese momento, un hombre me dió una rápida palmada en el lomo y le dijo a mi madre:
- ¡Es un varón!
Y me puse a llorar..."
Yo tuve ceguera. Tuve la ceguera de no poder ver, quizás.
La única mujer en mi vida fue mi madre. Siempre estuve dentro suyo. En cambio, mi padre no me manifestaba mucho cariño. Tan sólo de vez en cuando venía a levantar mi autoestima con estúpidos halagos, que apenas podía oirlos (porque también tenía dificultades para oir), si no se manifestaba indiferente o con una pedancia con olor a oficina.
No me gustaba mucho que mis tías hablaran de esos hechizos y conjuros de bruja como formas de castigo, mientras se entretenían cosiendo.
Mis hermanos correteaban a mi lado como céleres duendes dejando estelas de perfume y caramelo masticado. Estaba hartándome. Necesitaba ver, necesitar ver, tan sólo por el hecho de ser ciego. El "darme cuenta" quizá hubiera significado "sabiduría", "conocimiento". Pero no.
Permanecí los últimos momentos calentito y embozado en la oscuridad. No podía ver el sol naranja tan hermoso, como ese ojo colérico hiriéndose con las imperfecciones del horizonte, con su párpado celestial gangreado de triste naranja.
Se acercó, finalmente, el momento. El único fin de todo eso.
Una luz que se abría entre mi ceguera me atraía. Y a medida que me acercaba, vi a dos personas iluminadas que me esperaban.
Entré en ese mundo por una luminosa puerta por la cual pocos podrían pasar.
Una de las dos personas me miró de arriba a abajo, con sus ojos celestes. Me dio vuelta en dirección a la puerta por la cual salí... ¡Y mi madre estaba allí!
En ese momento, un hombre me dió una rápida palmada en el lomo y le dijo a mi madre:
- ¡Es un varón!
Y me puse a llorar..."