Apedreada en un día taciturno por la plebe en un socavón de fango, la prostituta pedía a gritos misericordia. Mas la faz malévola de los concurrentes dejaba entrever en sus ojos de un gris encendido la iracundia salvaje de sus duros corazones. Pero llegó un caballero, engalanado en un manto de mitra, una coraza plateada y una corona de doradas espigas. Pidió al instante que dejasen a la mujer un momento de respiro para desahogar su espíritu compungido. Las gentes, enardecidas, no querían hacer caso al noble señor. Pero cuando desenvainó su refulgente espada en cubierta llamarada perniciosa dejaron su vil labor. Bajó el hombre de su negro caballo y fue presto a sacar del agujero a la desgraciada; que en vilo había tenido a esa ralea ahora sorprendida. Sacó un paño con el escudo de un remoto imperio y le limpió las magulladuras. A continuación, la cubrió en su desnudez con el manto y la llevó a la cabalgadura. Mientras las gentes, enmudecidas, los vieron ya luego cabalgar a lo lejos de una tarde teñida de áurea compasión y amor ferviente.