emiled
Poeta adicto al portal
La plaga
I-
El rocío nocturno trae consigo la Muerte,
que es entre todas las más ruin de las parcas.
Así, cuando se tranquiliza el negro cielo
la Muerte despliega sus largas alas.
Porque son los pájaros de la noche como demonios,
inquietos, risueños y cautelosos,
y su roja mirada siempre nos vigila
y nos acecha como un cazador a su presa.
II-
Se acerca la Plaga por encima de la colina
y en su venida nos invita a saborear
el venenoso licor de la hipocresía.
Y, como horrendo reptiles hambrientos,
nos acercamos a calmar nuestra sed,
y el dolor nos deleita, y los sollozos
son para nosotros como dulce néctar.
Así, tampoco descubrimos misterios
ni nos encantan los azules cielos.
No somos ángeles ¡Somos Bestias!
y jugamos con la Muerte, que nos sonríe.
III-
Al final, siempre nos gana el verdugo,
que con hipocresías de mal gusto,
nos sumerge en un río de plomo y hierro
en donde flotan nuestros sueños.
Expectantes del dolor que nos es ajeno
nadamos en mar confuso,
como un barco sin vela que a la deriva
viaja sin cesar y sin rumbo.
Viramos la proa en dirección contraria
y seguimos el viaje sin destino
hasta perdernos en lo hondo,
en la nada inmensa de un náufrago errante.
La Plaga nos consume lentamente
y vemos que el dolor cesa en el ocaso,
pero las heridas dejan hondas cicatrices
en nuestra carne inocente.
Sin embargo, jugamos con la Muerte
y nos divierten sus blasfemias;
nos embriagamos en sus fiestas
con sus vinos y delicias.
Somos como murciélagos tiritantes:
ciegos, y habitamos en la noche.
Y a la Plaga que el cuerpo nos roe
les contamos nuestros dolores y nuestras culpas.
I-
El rocío nocturno trae consigo la Muerte,
que es entre todas las más ruin de las parcas.
Así, cuando se tranquiliza el negro cielo
la Muerte despliega sus largas alas.
Porque son los pájaros de la noche como demonios,
inquietos, risueños y cautelosos,
y su roja mirada siempre nos vigila
y nos acecha como un cazador a su presa.
II-
Se acerca la Plaga por encima de la colina
y en su venida nos invita a saborear
el venenoso licor de la hipocresía.
Y, como horrendo reptiles hambrientos,
nos acercamos a calmar nuestra sed,
y el dolor nos deleita, y los sollozos
son para nosotros como dulce néctar.
Así, tampoco descubrimos misterios
ni nos encantan los azules cielos.
No somos ángeles ¡Somos Bestias!
y jugamos con la Muerte, que nos sonríe.
III-
Al final, siempre nos gana el verdugo,
que con hipocresías de mal gusto,
nos sumerge en un río de plomo y hierro
en donde flotan nuestros sueños.
Expectantes del dolor que nos es ajeno
nadamos en mar confuso,
como un barco sin vela que a la deriva
viaja sin cesar y sin rumbo.
Viramos la proa en dirección contraria
y seguimos el viaje sin destino
hasta perdernos en lo hondo,
en la nada inmensa de un náufrago errante.
La Plaga nos consume lentamente
y vemos que el dolor cesa en el ocaso,
pero las heridas dejan hondas cicatrices
en nuestra carne inocente.
Sin embargo, jugamos con la Muerte
y nos divierten sus blasfemias;
nos embriagamos en sus fiestas
con sus vinos y delicias.
Somos como murciélagos tiritantes:
ciegos, y habitamos en la noche.
Y a la Plaga que el cuerpo nos roe
les contamos nuestros dolores y nuestras culpas.