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La Pendencia

Edouard

Poeta adicto al portal
En el tablado de las pendencias, dos sucios borrachos pelean por un viejo odre de vino. Los convidados al lugar silban de gusto; mientras el tabernero hace caja por las múltiples bebidas de su complacida clientela. Es noche. Y en ese antro las bujías iluminan las caras hinchadas de los espectadores de tal lamentable rencilla entre dos enajenados hombres por un regalo de Baco. Al fin, uno le da un puntapié en las costillas al otro. Y lo deja tumbado y dolorido fuera del lugar de la imbécil rencilla. Coge el líquido púrpura en fermentado saco de cuero y lo bebe alocado. Entonces comienza a desvariar y, creyéndose un emperador, le dicta enojado al público que se postre de inmediato ante él. Pero aquel ríe aún más. Lanzando vasos de bohemia a su estrafalaria facha de payaso ridículo y triste.
 
homo-adictus, tales insolentes desgraciados en lucha por una mísera gota de vino eran el hazme reír de toda una clientela de alguna maloliente tasca. Donde los crapulosos y empedernidos buscadores de chanzas cómicas se lo pasarían festivamente para desahogar el pesado embrutecimiento cotidiano de alguna rutina diaria de trabajo. El caso es que uno terminó por magullar al otro - en medio de una noche calenturienta y mojada en vapores espirituosos de licores prohibidos para una sana mente - y, cogiendo el ansioso trofeo en elixir licuado de purpúreo color, terminó por emborracharse en demasía. Creyéndose en su locura báquica que era un alto magistrado de algún imperio glorioso. Y, pidiendo airado y a gritos que se le venerase, se transfiguró en objeto impasible de la más absoluta y aberrante irrisión flagrante ante el cual el público no tendría piedad alguna. Descargando en él la hilaridad y el desprecio conjunto que lo transmutaría en todo un portento de espantajo circense. Atentamente Edouard.
 
snowquxxn, tal lamentable lucha por una bota de vino entre dos borrachos, en alguna sórdida taberna donde se congregaba la ralea más embrutecida del populacho, tenía en vilo a éstos. Que apuraban sus bebidas mientras se divertían en cómo sería el desenlace de semejante acto bochornoso. El que salió ganador tuvo su premio y a la vez su castigo. Primero acabó por apurar lo que quedaba del licor báquico y después, creyéndose el muy tarugo un emperador, le instó al público a que le rindiese honores como tal. Recibiendo, que duda cabe, todo un aluvión de vasos por haber desvariado el muy mendrugo. Que no era más que un payaso de feria que se había salido de la raya. Atentamente Edouard.
 
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