En conjura regicida estaban aquellos innobles señores. Sentados en la penumbra de alguna olvidada por Dios taberna medieval, discutían el modo de asesinar al áureo monarca. En esto, escucharon afuera el relinchar de un caballo, seguido de una voz gutural. A continuación unas pesadas pisadas que se acercaban a la lúgubre puerta de los amotinados. Ésta se abrió. Y apareció ante ellos un cura con una cruz de plata colgada de su pecho. Dijo buenas noches y pidió un alcohólico refrigerio. Los viles concurrentes se acercaron hacia él y le preguntaron que se le perdía en aquel lar. Pero el religioso callaba. Mientras apuraba la bebida para calmar su sed. Entonces, uno, iracundo, le preguntó otra vez por qué había venido a horas tan intempestivas a aquella posada. El religioso se dio la vuelta e inundó con un terror malicioso a aquellos tercos personajes. Cuando de sus ojos brillaba una luminaria satánica mientras afirmaba que el rey había muerto.