Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Era la víspera,
un susurro de estrellas sacudía el cielo
y las calles, descalzas, buscaban abrigo
en el resplandor tímido de las luces.
La ciudad, cansada pero llena,
respiraba como quien espera.
Las ventanas eran ojos curiosos,
y dentro, cada hogar latía.
El frío era apenas un invitado discreto,
rozando las puertas,
esperando el milagro de entrar.
Había un niño que soñaba con cometas,
y en sus ojos cabía todo el cielo.
Había una madre que tejía silencios
con la lana de su esperanza,
y un padre que en sus manos
guardaba el cansancio
como quien protege una semilla.
Los árboles, humildes y quietos,
se alzaban como oraciones.
Cada estrella titilaba
como si el universo cantara villancicos,
y en el rincón de una sala,
una vela pequeña respiraba luz,
desafiando la sombra,
empeñada en iluminar algo más que la noche.
Entonces, llegó.
No era un hombre ni un dios,
era apenas un murmullo de fe,
un roce de bondad en el corazón desgastado,
una promesa sin palabras.
La Navidad no entró por las chimeneas,
ni se vistió de oro.
Entró en las manos temblorosas
de dos amantes reconciliados.
En el abrazo tierno
que un abuelo ofreció a un nieto.
En el pan compartido
en una mesa sin manteles.
Esa noche,
la humanidad respiró como si recordara
que, al final, somos todos mendigos de amor.
Y en medio de los ruidos lejanos,
de los pesares escondidos bajo las camas,
se escuchó una canción:
“No temas.
Aún queda tiempo,
aún queda luz.
El amor siempre encuentra su camino,
aun entre las ruinas."
Y así, la Navidad,
como un verso de Sabines,
se sentó en cada casa
y nos susurró al oído
que el milagro siempre estuvo aquí:
en nosotros.
un susurro de estrellas sacudía el cielo
y las calles, descalzas, buscaban abrigo
en el resplandor tímido de las luces.
La ciudad, cansada pero llena,
respiraba como quien espera.
Las ventanas eran ojos curiosos,
y dentro, cada hogar latía.
El frío era apenas un invitado discreto,
rozando las puertas,
esperando el milagro de entrar.
Había un niño que soñaba con cometas,
y en sus ojos cabía todo el cielo.
Había una madre que tejía silencios
con la lana de su esperanza,
y un padre que en sus manos
guardaba el cansancio
como quien protege una semilla.
Los árboles, humildes y quietos,
se alzaban como oraciones.
Cada estrella titilaba
como si el universo cantara villancicos,
y en el rincón de una sala,
una vela pequeña respiraba luz,
desafiando la sombra,
empeñada en iluminar algo más que la noche.
Entonces, llegó.
No era un hombre ni un dios,
era apenas un murmullo de fe,
un roce de bondad en el corazón desgastado,
una promesa sin palabras.
La Navidad no entró por las chimeneas,
ni se vistió de oro.
Entró en las manos temblorosas
de dos amantes reconciliados.
En el abrazo tierno
que un abuelo ofreció a un nieto.
En el pan compartido
en una mesa sin manteles.
Esa noche,
la humanidad respiró como si recordara
que, al final, somos todos mendigos de amor.
Y en medio de los ruidos lejanos,
de los pesares escondidos bajo las camas,
se escuchó una canción:
“No temas.
Aún queda tiempo,
aún queda luz.
El amor siempre encuentra su camino,
aun entre las ruinas."
Y así, la Navidad,
como un verso de Sabines,
se sentó en cada casa
y nos susurró al oído
que el milagro siempre estuvo aquí:
en nosotros.