danie
solo un pensamiento...
Les voy a contar un secreto…
Cada vez que escribo desde una prosa hasta un verso, comienzo un rito que luego no recuerdo.
Hoy voy a intentar narrar ese rito en versos.
Transporto oscuridades que censuran titubeos
de un alma nómada de su cuerpo.
Visiones de un útero que engulle a los segundos del tiempo
con la avidez feroz del silencio,
se alimenta de esos pensamientos difuntos,
esas ideas de luz desvanecida,
rostros y matrices de savias espectrales
sobre las cenizas del ayer.
Me mitigan los sueños
con sus grandes cortinas metálicas
que caen sobre mis párpados,
sobre el repto vagar de mi sombra
y su lengua muda e inerte que grita su mudez;
anémonas con sus deformes pánicos de antifaces
que me traen el bálsamo del recuerdo y su elíxir de amnesia.
Encallado en el abortivo suspiro de vivir,
mi razón se desviste de la mortaja del veneno
y deambula sonámbula por los recovecos del yermo
pulmón de un cementerio…
Un pulmón que inhala las pesadillas de Lémures,
las mismas que tiñen con cerrazón los límites del cerebro,
mientras las manos inquilinas dentro de mi urna
solo saben escribir las voces de los muertos.
Enzimas y gusarapos se alojan en la oquedad
de una pluma que desfragmenta la sangre de un cielo,
el cielo que todas las noches me sepulta mientras duermo
con su llanto de luz que trémula en el eco
de este aposento de carne con rastrera presencia.
Así se licúa la negrura de mi reflejo,
como si fuera un espíritu, me despierto de la vida
y sin percatarme termino de escribir mis versos.
Cada vez que escribo desde una prosa hasta un verso, comienzo un rito que luego no recuerdo.
Hoy voy a intentar narrar ese rito en versos.
Transporto oscuridades que censuran titubeos
de un alma nómada de su cuerpo.
Visiones de un útero que engulle a los segundos del tiempo
con la avidez feroz del silencio,
se alimenta de esos pensamientos difuntos,
esas ideas de luz desvanecida,
rostros y matrices de savias espectrales
sobre las cenizas del ayer.
Me mitigan los sueños
con sus grandes cortinas metálicas
que caen sobre mis párpados,
sobre el repto vagar de mi sombra
y su lengua muda e inerte que grita su mudez;
anémonas con sus deformes pánicos de antifaces
que me traen el bálsamo del recuerdo y su elíxir de amnesia.
Encallado en el abortivo suspiro de vivir,
mi razón se desviste de la mortaja del veneno
y deambula sonámbula por los recovecos del yermo
pulmón de un cementerio…
Un pulmón que inhala las pesadillas de Lémures,
las mismas que tiñen con cerrazón los límites del cerebro,
mientras las manos inquilinas dentro de mi urna
solo saben escribir las voces de los muertos.
Enzimas y gusarapos se alojan en la oquedad
de una pluma que desfragmenta la sangre de un cielo,
el cielo que todas las noches me sepulta mientras duermo
con su llanto de luz que trémula en el eco
de este aposento de carne con rastrera presencia.
Así se licúa la negrura de mi reflejo,
como si fuera un espíritu, me despierto de la vida
y sin percatarme termino de escribir mis versos.
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