Arre-ola
Poeta recién llegado
La muerte y el olvido.
Das un parpadeo y lo llamas olvido, habituado a justificar con palabras cada uno de tus actos. Sonríes satisfecho. Una ingenua calma te ilumina el rostro. Te sientas en aquel sillón añoso, que cada tarde te espera a la vuelta del trabajo, y enciendes un cigarrillo. Una multitud de figuras caprichosas asciende parsimoniosamente, buscando un resquicio por donde fugarse. Fumas con un gesto de alivio, diríase que algo de ti se va con cada bocanada de humo. El día declina sin prisa, se pinta de malva el horizonte; suavemente la tarde, se mece delante de tus ojos como un pájaro colosal suspendido en el viento. El reloj tarda horas para marcar minutos; un piano distante murmura delicadas notas distantes de algún preludio de Chopin, y tú gozas el ensanchado instante en que te mueves: libre de sombras, feliz y complacido. Has decidido enterrar tu pasado, limpiar de polvo y espectros cada centímetro de la memoria; en esa tarea imposible te sorprende el sueño.
La luna entra por las ventanas, acariciando sombras tumbadas aquí y allá como oscuros gatos perezosos. El silencio es vasto, tibia la noche. Súbitamente de la estancia en penumbras se levantan, como impulsados por un mismo resorte, decenas de fantasmas; brotan de álbumes amarillentos y rincones polvosos, de cuadros primorosamente enmarcados y de papeles carcomidos. En cuestión de segundos se sitúan en torno a ti.
Tu cuerpo desguanzado no presiente nada. Entregado a un sueño apacible y profundo no sientes la mano que acaricia tus cabellos con ternura, ni la fila de hormigas que sube por tus piernas, ni el beso de hielo que aquella mujer pálida, de ojos tristes, deja en tus labios; tampoco adviertes aquellas otras manos que, amenazantes, se posan en tu cuello.
Uno a uno, en esa hora fija y ajena a ti, salen de su letargo, charlan despreocupados, agrupados en corrillos urden nuevas formas (de dolor o alegría) de atenazar tu alma; organizan marchas de protesta, defienden su derecho a permanecer activos en tu corazón lanzando vituperios y frases de agradecimiento. Después de incontables y acaloradas discusiones deciden darte una tregua, ya volverán más tarde y con mayores bríos a sus labores.
Las primeras luces del alba aparecen tímidamente. Todos se aprestan a desaparecer cuando una voz serena rompe el silencio y atrae su atención:
-Señores es mi deber decirles que todos sus esfuerzos han sido en vano... Este hombre ha logrado su propósito...
-Un momento (vocifera un fantasma de voz cavernosa), a ti no te habíamos visto en nuestras reuniones... ¿quién eres? Tu voz serena contradice tu gesto de alegría.
-Quien soy no tiene ya importancia, y como decía: este hombre ha logrado su propósito... ¡murió de madrugada!
Das un parpadeo y lo llamas olvido, habituado a justificar con palabras cada uno de tus actos. Sonríes satisfecho. Una ingenua calma te ilumina el rostro. Te sientas en aquel sillón añoso, que cada tarde te espera a la vuelta del trabajo, y enciendes un cigarrillo. Una multitud de figuras caprichosas asciende parsimoniosamente, buscando un resquicio por donde fugarse. Fumas con un gesto de alivio, diríase que algo de ti se va con cada bocanada de humo. El día declina sin prisa, se pinta de malva el horizonte; suavemente la tarde, se mece delante de tus ojos como un pájaro colosal suspendido en el viento. El reloj tarda horas para marcar minutos; un piano distante murmura delicadas notas distantes de algún preludio de Chopin, y tú gozas el ensanchado instante en que te mueves: libre de sombras, feliz y complacido. Has decidido enterrar tu pasado, limpiar de polvo y espectros cada centímetro de la memoria; en esa tarea imposible te sorprende el sueño.
La luna entra por las ventanas, acariciando sombras tumbadas aquí y allá como oscuros gatos perezosos. El silencio es vasto, tibia la noche. Súbitamente de la estancia en penumbras se levantan, como impulsados por un mismo resorte, decenas de fantasmas; brotan de álbumes amarillentos y rincones polvosos, de cuadros primorosamente enmarcados y de papeles carcomidos. En cuestión de segundos se sitúan en torno a ti.
Tu cuerpo desguanzado no presiente nada. Entregado a un sueño apacible y profundo no sientes la mano que acaricia tus cabellos con ternura, ni la fila de hormigas que sube por tus piernas, ni el beso de hielo que aquella mujer pálida, de ojos tristes, deja en tus labios; tampoco adviertes aquellas otras manos que, amenazantes, se posan en tu cuello.
Uno a uno, en esa hora fija y ajena a ti, salen de su letargo, charlan despreocupados, agrupados en corrillos urden nuevas formas (de dolor o alegría) de atenazar tu alma; organizan marchas de protesta, defienden su derecho a permanecer activos en tu corazón lanzando vituperios y frases de agradecimiento. Después de incontables y acaloradas discusiones deciden darte una tregua, ya volverán más tarde y con mayores bríos a sus labores.
Las primeras luces del alba aparecen tímidamente. Todos se aprestan a desaparecer cuando una voz serena rompe el silencio y atrae su atención:
-Señores es mi deber decirles que todos sus esfuerzos han sido en vano... Este hombre ha logrado su propósito...
-Un momento (vocifera un fantasma de voz cavernosa), a ti no te habíamos visto en nuestras reuniones... ¿quién eres? Tu voz serena contradice tu gesto de alegría.
-Quien soy no tiene ya importancia, y como decía: este hombre ha logrado su propósito... ¡murió de madrugada!