En la última cornisa, de pie, un hombre,
cual gárgola de carne y de valor,
contempla el infinito que se abre,
el viento del levante a su favor.
Las gentes se empecinan en gritarle
detente, tú, cobarde, maricón.
No saben de las alas que le nacen,
arraigadas en su frío su corazón.
Un paso y luego otro y luego el aire,
volando, viendo todo alrededor,
el sueño de su vida realizado,
en un instante de infinita redención.
Ese hombre no saltó, pues ha volado
volado como un ave o un dragón,
la muerte que debajo le esperare,
será dulce como el tiempo que voló.
cual gárgola de carne y de valor,
contempla el infinito que se abre,
el viento del levante a su favor.
Las gentes se empecinan en gritarle
detente, tú, cobarde, maricón.
No saben de las alas que le nacen,
arraigadas en su frío su corazón.
Un paso y luego otro y luego el aire,
volando, viendo todo alrededor,
el sueño de su vida realizado,
en un instante de infinita redención.
Ese hombre no saltó, pues ha volado
volado como un ave o un dragón,
la muerte que debajo le esperare,
será dulce como el tiempo que voló.