Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Duelen los dedos bajo el agua que sale del grifo. Perezoso o friolero, el jabón casi no da espuma y se convierte en un suplicio el aclarar las manos.
El sol lechoso y blando, fláccido se diría, penetra con sus rayos por el cristal de la ventana. Rachas de aire desapacible y frío, pugnan por colarse a través de la menor rendija; cualquier ranura les sirve. Los visillos de la ventana bailan una difícil danza, yendo y viniendo, mareados, en brazos del viento, que tan pronto llega por debajo de la puerta, como penetra por los resquicios de las ventanas.
En días así, se perciben todas y cada una de las grietas de las casas de adobe. Silba el viento por todos los rincones, hurga, curioso, por debajo de las tejas, y las vigas se estremecen, crujen escalofriadas, por su presencia impertinente.
Aturdido, el humo se dispersa, a la misma boca del humero y se disloca en mil volutas mínimas, que al instante desaparecen. En ocasiones vuelve por sus pasos, perseguido por el aire, e irá a llenar la cocina, vestido de ceniza, para desesperación de las mujeres.
Enseñorean el cielo unas nubes de algodón que viajan rápidas por el firmamento, tiradas por invisibles corceles con nombres de dioses griegos. En un patio que veo desde mi ventana, una mujer, ya mayor, envuelta en su toquilla pelea con la ropa, las pinzas y la cuerda, en un empeño loco de tender la colada. Una camisa, por una sola pinza prendida, la abofetea con sus mangas repetidamente la cara. La mujer reniega y, dándose por vencida, vuelve la ropa a la herrada y se encamina a la cocina. Un gato gris, acurrucado contra el quicio, con el lomo erizado por el frío, espera el momento de abrir la puerta. Presuroso se dirige hacia la hornacha; una vez allí se estira y se tumba a dormitar sueños de verdor y flores.