danie
solo un pensamiento...
La noche se desploma
como vela cernida que se apaga
tras las túnicas del postremo beso,
tras las sábanas húmedas
que oprimen nuestros cuerpos,
que guardan tu sonrisa
debajo de las almohadas de mi lecho.
La bruma y su lejanía llora
tras el aroma persuadido por el rosal
que floreció alguna vez,
y los rostros que se maquillan
sobre la cómoda de mi media noche
con las cenizas entumecidas de mis ensueños.
Recuerdos amputados
que acechan a mi tupida sombra,
la misma que nunca más fantaseó:
con los roces del alba,
con los celajes divinos,
con el iris bermellón de un mar y su inmolación.
Solo se enclaustra en la ínfima mentira
que derramó una esperanza muerta.
Oh, rosal sepultado
en los siglos de mi afónica existencia,
en los bramidos de un gélido aliento
que emana mis entrañas.
Así una y mil veces
me pierdo en los desiertos noctívagos
bajo el piadoso consuelo de la luna.
Esa luna protectora que se viste de sangre
hoy y mil noches más,
para velar por mi eterna inquietud.
La luna roja mece mi cama
y aletarga los sacramentos mudos
que envuelven con su mortaja mi alma.
Desvela a los mismos espectros
con la forma y la voz
que escucha solemne mi mente,
me ampara del pernicioso placer perdido,
de los bosques con cara de ninfa
que incautan mi corazón,
de los cielos derrumbados por los ecos,
susurros del viento que es tu sayón;
sobre mi linaje extenuado
se esculpe una vez más el rostro de tu toxina
Proserpina, princesa de las fauces de mi averno,
calidez de mi vientre consumido en fuego,
ramificación de mi ombligo
que crece hasta sofocar el meollo
y su matriz viviente de tiniebla y cerrazón;
con tus semillas de granada
dispersas sobre mis lamentos,
igual a ósculos que lacran con calcáreas faenas
las incesantes invocaciones
de tus tropeles de abismos
hasta la afanosa locura y mi amplia devoción.
Lémures ancestrales
que esparcen su fruto de cadavérico amor.
Oh, mi Dios que me albergue
de las heridas palpitantes
y tus recovecos de embelecos tiesos,
de amadas savias de mis sueños de Proserpina
Y la luna llena,
centinela vestida de luto
que hace frente a mis noches
de esmeril y abrasiva adicción
de Proserpina;
mártires de las carnes pútridas
de esta mazmorra de cuerpo y alma
y su misma perdición.
Su único esbozo perdido de absolución
hundiéndose en los piélagos infinitos
de este gran amor de Proserpina:
de carcelera del designio,
de la historia y mi humanismo,
de mis pasos patibularios ya sin presencia;
perdiendo la creencia y mi completa vidorria
frente a los ojos de la consorte de mi báratro,
deidad divina,
mi lívida azucena de Proserpina.
como vela cernida que se apaga
tras las túnicas del postremo beso,
tras las sábanas húmedas
que oprimen nuestros cuerpos,
que guardan tu sonrisa
debajo de las almohadas de mi lecho.
La bruma y su lejanía llora
tras el aroma persuadido por el rosal
que floreció alguna vez,
y los rostros que se maquillan
sobre la cómoda de mi media noche
con las cenizas entumecidas de mis ensueños.
Recuerdos amputados
que acechan a mi tupida sombra,
la misma que nunca más fantaseó:
con los roces del alba,
con los celajes divinos,
con el iris bermellón de un mar y su inmolación.
Solo se enclaustra en la ínfima mentira
que derramó una esperanza muerta.
Oh, rosal sepultado
en los siglos de mi afónica existencia,
en los bramidos de un gélido aliento
que emana mis entrañas.
Así una y mil veces
me pierdo en los desiertos noctívagos
bajo el piadoso consuelo de la luna.
Esa luna protectora que se viste de sangre
hoy y mil noches más,
para velar por mi eterna inquietud.
La luna roja mece mi cama
y aletarga los sacramentos mudos
que envuelven con su mortaja mi alma.
Desvela a los mismos espectros
con la forma y la voz
que escucha solemne mi mente,
me ampara del pernicioso placer perdido,
de los bosques con cara de ninfa
que incautan mi corazón,
de los cielos derrumbados por los ecos,
susurros del viento que es tu sayón;
sobre mi linaje extenuado
se esculpe una vez más el rostro de tu toxina
Proserpina, princesa de las fauces de mi averno,
calidez de mi vientre consumido en fuego,
ramificación de mi ombligo
que crece hasta sofocar el meollo
y su matriz viviente de tiniebla y cerrazón;
con tus semillas de granada
dispersas sobre mis lamentos,
igual a ósculos que lacran con calcáreas faenas
las incesantes invocaciones
de tus tropeles de abismos
hasta la afanosa locura y mi amplia devoción.
Lémures ancestrales
que esparcen su fruto de cadavérico amor.
Oh, mi Dios que me albergue
de las heridas palpitantes
y tus recovecos de embelecos tiesos,
de amadas savias de mis sueños de Proserpina
Y la luna llena,
centinela vestida de luto
que hace frente a mis noches
de esmeril y abrasiva adicción
de Proserpina;
mártires de las carnes pútridas
de esta mazmorra de cuerpo y alma
y su misma perdición.
Su único esbozo perdido de absolución
hundiéndose en los piélagos infinitos
de este gran amor de Proserpina:
de carcelera del designio,
de la historia y mi humanismo,
de mis pasos patibularios ya sin presencia;
perdiendo la creencia y mi completa vidorria
frente a los ojos de la consorte de mi báratro,
deidad divina,
mi lívida azucena de Proserpina.