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La jornada del Minotauro

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LA JORNADA DEL MINOTAURO


Amansado el Minotauro

por el vuelo jubiloso de la alondra

quiere reconstruir de madrugada

su concierto de farolas y chirridos.



(Canta ahora la vestal indultada por su inesperada belleza):

“Qué dulce despertar, oh Minotauro,

tras la noche con reflejos de ópalo y oro viejo.

Me despojo para las caricias

de mis guantes de cabritilla dorada,

y aterrada contemplo el goteo de tu sangre

desde la punta de mis dedos vírgenes."



(Responde el Minotauro, con falsa emoción):

“Oh corazón doliente, tiende las cuerdas del arpa

desde el alto pináculo de la araucaria,

como dorados cabellos

o espejos donde las notas sean el eco

de sonidos no nacidos, de tan puros.


Quiero enviarte mensajes de amor

escritos sobre las hojas caídas en el fragor del ocaso.

Quiero enviarte mensajes que cubran

como ojos o cenáculos

las paredes de la Cámara Real, donde resides,

oh mujer, ofrenda inmaculada.”


Ya es mediodía en las celestes cuadras.

Ya se escucha el violento galopar de las Walkirias

gozosamente vírgenes,

montadas en sus nuevos caballos de cartón


traídos desde los tiovivos de las ferias.

Protégete de sus cantos, oh Minotauro.


Escucha, sin embargo, la melancólica canción del mármol blanco

transformado en estatua o pie de lámpara.

Él, que viajó desde el fondo de los mares

con su poderosa sabiduría de corales.

Él, que es mármol de Paros,

de las antiguas canteras del Olimpo,

mármol que es carne circuncisa en tus efigies,

desprovista de la fría sangre de las últimas vestales,

llora con triste mugido desde esas formas profanas.


Vuelve de nuevo el ocaso

trayendo entre los laureles a la noche de obsidiana.

Vuelve tú, bestia sagrada, a tu ánfora o siringa,

a tu canción o a tus lágrimas.


Tú, hijo de Pasífae, pobre humano,

rueda en la canción eterna.


Pronto, en la hora feliz de la alborada

abrirán los taxis sus metálicas corolas.

Alguno te traerá hasta la Arcadia fabril.




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LA JORNADA DEL MINOTAURO


Amansado el Minotauro

por el vuelo jubiloso de la alondra

quiere reconstruir de madrugada

su concierto de farolas y chirridos.



(Canta ahora la vestal indultada por su inesperada belleza):

“Qué dulce despertar, oh Minotauro,

tras la noche con reflejos de ópalo y oro viejo.

Me despojo para las caricias

de mis guantes de cabritilla dorada,

y aterrada contemplo el goteo de tu sangre

desde la punta de mis dedos vírgenes."



(Responde el Minotauro, con falsa emoción):

“Oh corazón doliente, tiende las cuerdas del arpa

desde el alto pináculo de la araucaria,

como dorados cabellos

o espejos donde las notas sean el eco

de sonidos no nacidos, de tan puros.


Quiero enviarte mensajes de amor

escritos sobre las hojas caídas en el fragor del ocaso.

Quiero enviarte mensajes que cubran

como ojos o cenáculos

las paredes de la Cámara Real, donde resides,

oh mujer, ofrenda inmaculada.”


Ya es mediodía en las celestes cuadras.

Ya se escucha el violento galopar de las Walkirias

gozosamente vírgenes,

montadas en sus nuevos caballos de cartón


traídos desde los tiovivos de las ferias.

Protégete de sus cantos, oh Minotauro.


Escucha, sin embargo, la melancólica canción del mármol blanco

transformado en estatua o pie de lámpara.

Él, que viajó desde el fondo de los mares

con su poderosa sabiduría de corales.

Él, que es mármol de Paros,

de las antiguas canteras del Olimpo,

mármol que es carne circuncisa en tus efigies,

desprovista de la fría sangre de las últimas vestales,

llora con triste mugido desde esas formas profanas.


Vuelve de nuevo el ocaso

trayendo entre los laureles a la noche de obsidiana.

Vuelve tú, bestia sagrada, a tu ánfora o siringa,

a tu canción o a tus lágrimas.


Tú, hijo de Pasífae, pobre humano,

rueda en la canción eterna.


Pronto, en la hora feliz de la alborada

abrirán los taxis sus metálicas corolas.

Alguno te traerá hasta la Arcadia fabril.




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Bella obra donde la mitologia se infunde de realidad presente, el rito de los tiempos,
las identidades actuales para conformar un espacio que se va sajando el el mito
de ese personaje griego. tiempo final para obtener experiencias de la antiguedad.
felicidades. magnifico. luzyabsenta
 
Placer es disfrutar de tu majestuosa obra mitológica.

LA JORNADA DEL MINOTAURO


Amansado el Minotauro

por el vuelo jubiloso de la alondra

quiere reconstruir de madrugada

su concierto de farolas y chirridos.



(Canta ahora la vestal indultada por su inesperada belleza):

“Qué dulce despertar, oh Minotauro,

tras la noche con reflejos de ópalo y oro viejo.

Me despojo para las caricias

de mis guantes de cabritilla dorada,

y aterrada contemplo el goteo de tu sangre

desde la punta de mis dedos vírgenes."



(Responde el Minotauro, con falsa emoción):

“Oh corazón doliente, tiende las cuerdas del arpa

desde el alto pináculo de la araucaria,

como dorados cabellos

o espejos donde las notas sean el eco

de sonidos no nacidos, de tan puros.


Quiero enviarte mensajes de amor

escritos sobre las hojas caídas en el fragor del ocaso.

Quiero enviarte mensajes que cubran

como ojos o cenáculos

las paredes de la Cámara Real, donde resides,

oh mujer, ofrenda inmaculada.”


Ya es mediodía en las celestes cuadras.

Ya se escucha el violento galopar de las Walkirias

gozosamente vírgenes,

montadas en sus nuevos caballos de cartón


traídos desde los tiovivos de las ferias.

Protégete de sus cantos, oh Minotauro.


Escucha, sin embargo, la melancólica canción del mármol blanco

transformado en estatua o pie de lámpara.

Él, que viajó desde el fondo de los mares

con su poderosa sabiduría de corales.

Él, que es mármol de Paros,

de las antiguas canteras del Olimpo,

mármol que es carne circuncisa en tus efigies,

desprovista de la fría sangre de las últimas vestales,

llora con triste mugido desde esas formas profanas.


Vuelve de nuevo el ocaso

trayendo entre los laureles a la noche de obsidiana.

Vuelve tú, bestia sagrada, a tu ánfora o siringa,

a tu canción o a tus lágrimas.


Tú, hijo de Pasífae, pobre humano,

rueda en la canción eterna.


Pronto, en la hora feliz de la alborada

abrirán los taxis sus metálicas corolas.

Alguno te traerá hasta la Arcadia fabril.




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