Martín Renán
Poeta adicto al portal
Cincuenta soles, el importe dado a ti María; tienes el corazón de un hombre en su mente. Me imagino escribir en el alma de tu alma en pedazos, robar la desapercibida imaginación de tu rostro angelical y de princesa.
María se te han muerto muchas noches en tu cama. Comprendí que hay momentos que se debe callar, mientras suicidaba poemas en botellas de licor olvidadas en la desnudez de tu cuerpo.
Y también de barro el piso.
Y de lodo también mi cara.
"María, si tú hubieras sido hombre".
Pero, en cuerpo entero y de retrato, eres el sudor que se hizo lágrima, el dolor en una cruz envuelta en pañuelito blanco, el perdón en una oración maldita.
Desde el cuarto a escondidas, la luz refleja más, el alma que trabaja a escondidas. Y tú María, no me dejas ni una miga para mañana y el otro día.
Y pienso por el poeta que soy en tu cuarto.
María, tú eres la farisea amorosa, dónde dormirá mi jodido corazón, si no te importa me obligaré a quedarme así, contigo.
A las 9 en punto de la mañana, —soy— otro parroquiano más, en esta ciudad miserable.
María se te han muerto muchas noches en tu cama. Comprendí que hay momentos que se debe callar, mientras suicidaba poemas en botellas de licor olvidadas en la desnudez de tu cuerpo.
Y también de barro el piso.
Y de lodo también mi cara.
"María, si tú hubieras sido hombre".
Pero, en cuerpo entero y de retrato, eres el sudor que se hizo lágrima, el dolor en una cruz envuelta en pañuelito blanco, el perdón en una oración maldita.
Desde el cuarto a escondidas, la luz refleja más, el alma que trabaja a escondidas. Y tú María, no me dejas ni una miga para mañana y el otro día.
Y pienso por el poeta que soy en tu cuarto.
María, tú eres la farisea amorosa, dónde dormirá mi jodido corazón, si no te importa me obligaré a quedarme así, contigo.
A las 9 en punto de la mañana, —soy— otro parroquiano más, en esta ciudad miserable.