Con mis pies desnudos camino por el obscuro bosque de sombras demoníacas. Es noche profunda. Y mi sentimiento ciego de estar rendido ante la todopoderosa luz hurtada de la luna llena me hace cavilar cuánto tiempo he estado divagando en círculos. Sin embargo, la llama fatua de mi intuición prende en el corazón desolado de mi compungido y arañado pecho de vagabundo penitente. Entonces, me siento sobre una roca de granito y, levantando mi alcohólica cabeza, intento cazar con mi vista oblicua los grandes portentos de un firmamento que se niega a abrir boquete entre la espesura aciaga de las copas de adustos y templarios robles. Entonces, me levanto y me encuentro con una sombra encendida en llama infernal. Alargo la mano para tocarla. Pero al momento se transfigura en una rocosa gárgola sin vida. La cual permanece prematura en un servil hieratismo que me hace perder hasta el último grano fecundo de ferviente redención.