jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
sólo conocemos la felicidad
a través de un ejercicio deductivo,
como en esos experimentos de la física moderna
donde la existencia de una subpartícula elemental se llega a conocer
no mediante la observación de la misma, sino infiriendo
que si tal partícula no existiese el resultado del experimento, entonces
habría sido cualquier otro y no el que fue;
la felicidad tiene una estructura cuántica
no hay forma de saber si eres feliz en un momento dado
-incluso preguntarte ¿soy feliz ahora? equivale a no serlo-
si fuiste feliz lo sabrás más adelante
por indicios o huellas desperdigadas en el rastro que pudiese haber dejado
la felicidad en caso de que alguna vez cruzara por tu vida;
pero ni siquiera entonces podrás estar seguro
la visión del pasado se distorsiona con el tiempo
uno tiende a ver cosas que nunca estuvieron allí
recordar sensaciones que no se tuvieron, placeres
que en el mejor de los casos quizás derivaron
de la supresión de un dolor o la solución de un problema
de haber olvidado una pena, aliviado una angustia;
la felicidad que suponemos haber vivido
tiene más de cuento urdido por nuestros propios deseos
de convencernos a nosotros mismos de que fuimos felices
de que nos amaron y todo fue hermoso
y vivimos días perfectos, suaves, y el sol en el cielo brillaba radiante
y de que por lo tanto nuestra vida a pesar de que ahora
no tenga ya ni remotamente el lustre de antaño
sólo por haber conocido aquel breve y lejano esplendor no fue en vano,
un triste y banal asunto sin pena ni gloria
una simple sucesión de momentos opacos
y bastase el barrunto de su antigua e incomprobable felicidad
-envuelta cada vez más en la bruma de un ayer ya desdibujado-
para amainar la creciente zozobra en que nos debatimos
a cada día que pasa pensando que en realidad
esta pobre vida de hoy que nos toca vivir todos los días
no es más que una mierda, no tiene sentido, no lleva a ningún lado,
resulta estéril, una estupidez, un sinsentido
un amargo quehacer del que sin embargo no desistimos
porque allá en el punto más inviolable del laberinto de nuestra memoria
subyace aún incólume, granítica e inalterable
la firme certeza de que alguna vez fuimos felices
de que hace tiempo, muy atrás en el pasado -hará tal vez siglos-
nuestra vida era distinta, ligera, tenía ritmo y un sentido claro
y bajo su benevolente auspicio sin duda debimos ser felices
-la única teoría que explica nuestra actual persistencia en no claudicar
aun cuando día tras día vayamos siendo cada vez más infelices-;
una voz en nuestro corazón parece empeñarse en recordarnos
que no siempre estuvieron las cosas tan jodidas, que existió un tiempo
donde no obstante lo mucho que ahora pueda resultarnos increíble,
no tuvimos mas opción que ser felices
aunque hoy no subsista ya otra prueba de ello
sino nuestra propia ingenua fe en haberlo sido
he dicho
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