El ermitaño
Poeta recién llegado
Mi fe cae hecha jirones,
una tarde de trenes fugaces;
con mecánica histeria
se repiten y caducan al instante.
Mi fe cae hecha jirones,
al ver al gentío
apiñado en un triste
promontorio de manos y voces
que se estrujan y se odian
en una bruma sofocante.
Y nadie ve, ya en sus asientos,
su reflejo ensangrentado.
Con un mohín de estruendo
en la mirada,
abomino el latido circular
del reloj. multiplicado en los ángulos
de la estación,
midiendo con exactitud
la inercia de la vida.
Mi fe cae hecha jirones
en la noche,
cuando una niña tira
de mi sombra, la estruja
como un traje:
—¡Quédate! —me ruega—
un poco más;
que muero de hambre.
una tarde de trenes fugaces;
con mecánica histeria
se repiten y caducan al instante.
Mi fe cae hecha jirones,
al ver al gentío
apiñado en un triste
promontorio de manos y voces
que se estrujan y se odian
en una bruma sofocante.
Y nadie ve, ya en sus asientos,
su reflejo ensangrentado.
Con un mohín de estruendo
en la mirada,
abomino el latido circular
del reloj. multiplicado en los ángulos
de la estación,
midiendo con exactitud
la inercia de la vida.
Mi fe cae hecha jirones
en la noche,
cuando una niña tira
de mi sombra, la estruja
como un traje:
—¡Quédate! —me ruega—
un poco más;
que muero de hambre.
Última edición: