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La Encina

Edouard

Poeta adicto al portal
La encina es árbol sagrado y puritano. En sus noches de fiel colegial parpadea una luz obscura. Desde las entrañas que la corteza agreste oculta por poco tiempo. Pues, los dioses del norte la tienen en gran estima que no la dejan, ni en una gota de efímera eternidad, quebrarse al arrecio viento iracundo del sombrío chaparrón de la vil maldad. La encina va creciendo, cual orgulloso titán, hasta alcanzar con su fronda espesa, a la luna nueva. Ensangrentada ésta por los maquiavélicos rayos artificiales del traidor sol en llamas. Un búho se posa en su ramaje húmedo. Y con sus obtusos ojos desorbitados guarda fiel centinela. Para que así, ningún pájaro ajeno al arcano oculto del buen Dios se atreva a prestar ambivalente pleitesía. Frente a la providencia infinita del surtidor inmaculado. Que, en mármol pulido, deja chorrear sangre densa para que nuestro árbol se pudra definitivamente. Y sucumba como vieja bóveda de sepultura cristiana ya arrogada. Y destinada a convertirse en polvo que jamás resucitará.
 
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