¡Hay la doña del barrio!, ¡qué doña la doña!; era tan chismosa la doña que las niñas casamenteras ocultaban sus actos para no caer en su boca. Doña Filo se llamaba la doña en cuestión y todas las mañanas en el mercado ventilaba las historias más sorprendentes, historias de los demás. ¡Qué se casa embarazada!, ¡qué es soltera y está de cinco meses!, ¡qué perdió su castidad!, ¡qué ya no es pura! Todo el mundo en el mercado se enteraba a diario, lo diario de los demás.
¡Qué el marido la engaña!, ¡qué ella no es tan santa!, ¡qué su hijo es maricón! Ella se imaginaba todo lo que la gente hacía en su misma soledad. ¿Que lo inventaba? Eso nunca se pudo saber. Sin embargo lo que menos hacía la doña del barrio, era hablar de sí, de su propia intimidad. Dicen, que dicen, que no era tan santa la doña, ¡qué nunca estaba sola!, mientras el marido trabajaba. Que su hija, la niña, como decía la doña, era una niña pícara, muy pícara. ¿Qué la doña lo sabía? era digno de creer, sin embargo nunca lo dijo, porque su niña era santa, santa de guardar.
Siempre se dijo, y me pongo a pensar, que la doña imaginaba lo que ella no podía hacer. Proyectaba la doña, sus propios deseos frustrados en la vida de los demás.
¡Hay que doña la doña!, resentida social, odiaba el amor porque siempre era impuro, que era sucio, afirmaba, fuera de la unión con Dios. La doña en cuestión tenía callos en las rodillas porque en misa de dieciocho horas estaba, todos los días, hincada en la Iglesia del barrio dispuesta a un rosario rezar, más luego la doña criticaba a las doñas del templo, muy chusmas también, lo hacía por ser hipócritas a la hora de orar, ¡qué eran impuras!, ¡qué nunca pensaban en Dios!, ¡qué siempre coqueteaban al cura!, ¡qué criticaban a los demás!
Hay la doña, del barrio cuánto sabía del otro. ¡Qué doña la doña que solía chimentar!
CARLOS A. BADARACCO
25/05/09 (REGISTRADO EN EL REGISTRO DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL)
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