Llegó la hora de emigrar. No seré el mismo cuando me vaya de aquí. Dejaré atrás un pasado, y tal vez, la olvide. No lo sé porque el amor es impredecible y sorprendente. Pero si queda claro, fue un pasado más que amigable. Me iré yo y ella se quedará. Tal vez se enamore de otro, pero como el amor que le he dado, nadie lo dará. Ella me dijo: “Algún día llegará el que tengamos que separarnos, porque el que se vaya, sabrá que lo dejado aún lo pertenece a pesar de la distancia”. Y me voy, así dicho, no con un adiós sino, con un hasta luego, dejando la puerta media abierta para un futuro regreso. Mas no sé si me enamoraré cuando me haya ido y tal vez, la distancia sea el mejor remedio para cualquier mal de amores. Porque la distancia es el encuentro obligado con nuestros sentimientos y con nuestra más profunda intimidad. Intimidad que da paso a la bienvenida de la honestidad. Desde ahí, que sepamos hallar la sinceridad de nuestro corazón. Y esa verdad nos hará libre para conquistar el amor y la vida, y porque no, encontrar la felicidad.