A la lid en campos bermejos va el muy renombrado caballero de la luna. Galopando en negro corcel y con espada plateada en mano. Los batallones de los moros se apiñan para que las falanges de los castellanos no abran brecha en el camino que va a dar al mudéjar castillo de las apariciones. Pero la fuerza divina - que con el héroe santo pende de su celestial testa - proporciona la bestial ira para espantar a todos los infieles. Estos se desorganizan; y caen a cientos bajo el blasón bautizado con la imagen de un severo dragón encarnado. ¡Pronto! ¡pronto! ya está la prometida del rey clamando por venganza. Su padre, cristiano resoluto, cayó ensangrentado en la alcoba a manos del astuto paladín mahometano. Y ahora es hora de saldar grandes cuentas con esa ralea que, acobardada, cae bajo su propio peso en el foso mugriento de su muy vil terquedad.