Bajo la bóveda estrellada,
En la quietud del momento,
El columbio se balanceaba
Sobre invisibles hilos,
Mientras las lechuzas contemplaban
Con sus ojos amarillos,absortos,
Su sutil movimiento.
No había figura, ni forma,
Que en su asiento se sentara,
Pero allí estabas tú, esperando,
Que el silencio se extendiera
Y con sus dedos callara los murmullos
Que sobre el prado se prodigaban.
Tus ojos, pozos de luna;
Tu aliento, milenrama,
Se extiende cómo un hechizo
Cuando dan del reloj
De la ermita
Las doce campanadas.
Es entonces cuando da inicio
Tu baile, tu danza acompasada,
Entrando en todos los rincones,
En todas las habitaciones
Con sus luces apagadas.
A sus ocupantes estrechas
Con tus brazos de oscuro terciopelo,
Con tus manos que abren candados
Que custodian esos miedos,
Esos deseos,
Escondidos en el cerebro.
Y tu voz nos acompaña,
Nos adormece cual canción
De voz amada,
Nos introduces en tu reino,
De imaginación infinita,
De magia y ensueño,
Donde reinas a través de las eras,
Sin rendirse al desaliento.
Tú, sueño, nos besas;
Nos haces morir por breves momentos,
Descubrir el mundo sin nosotros dentro
Cada noche en que resplandeces
Como una veleta que desafía a lo efímero,
Frágil, que es nuestro tiempo.
Y al tocar nuestros rostros
La luz clara del alba,
Te retiras cual general
Derrotado en la batalla
A preparar tus planes certeros
Para la próxima campaña.
En la quietud del momento,
El columbio se balanceaba
Sobre invisibles hilos,
Mientras las lechuzas contemplaban
Con sus ojos amarillos,absortos,
Su sutil movimiento.
No había figura, ni forma,
Que en su asiento se sentara,
Pero allí estabas tú, esperando,
Que el silencio se extendiera
Y con sus dedos callara los murmullos
Que sobre el prado se prodigaban.
Tus ojos, pozos de luna;
Tu aliento, milenrama,
Se extiende cómo un hechizo
Cuando dan del reloj
De la ermita
Las doce campanadas.
Es entonces cuando da inicio
Tu baile, tu danza acompasada,
Entrando en todos los rincones,
En todas las habitaciones
Con sus luces apagadas.
A sus ocupantes estrechas
Con tus brazos de oscuro terciopelo,
Con tus manos que abren candados
Que custodian esos miedos,
Esos deseos,
Escondidos en el cerebro.
Y tu voz nos acompaña,
Nos adormece cual canción
De voz amada,
Nos introduces en tu reino,
De imaginación infinita,
De magia y ensueño,
Donde reinas a través de las eras,
Sin rendirse al desaliento.
Tú, sueño, nos besas;
Nos haces morir por breves momentos,
Descubrir el mundo sin nosotros dentro
Cada noche en que resplandeces
Como una veleta que desafía a lo efímero,
Frágil, que es nuestro tiempo.
Y al tocar nuestros rostros
La luz clara del alba,
Te retiras cual general
Derrotado en la batalla
A preparar tus planes certeros
Para la próxima campaña.